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Calma chicha, no tan chicha

Luego de un anti climático periodo pre electoral de dos meses, con el puente Guadalupe-Reyes de por medio, la vida política del país ahora está instalada en un periodo presuntamente ayuno de campañas, el cual abarca del 12 de febrero al 29 de marzo, y que en teoría implica una obligada tregua entre los diversos partidos, alianzas y aspirantes “independientes” al más alto cargo del país, incluidos quienes también buscan la gubernatura de nueve estados de la República.

A esta suerte de cuaresma de no campañas se le ha dado en llamar “periodo de intercampañas” porque separa la etapa preelectoral, que terminó el 11 de febrero, de la reconocida propia y oficialmente como electoral, la cual está por venir e irá del 30 de marzo al 17 de junio, justo dos semanas antes de las elecciones del 1 de junio.

Así que tanto los ciudadanos como la sociedad mexicana en general están ahora mismo –o estamos, como dijo el otro– en lo que los marineros llaman la calma chicha, cuando se refieren a ese momento en que su navegación transcurre sin sobresaltos, a través de aguas tranquilas que no parecieran presagiar ninguna tempestad.

Sin embargo, en el caso del presente travesía electoral la agitación no ha cesado en realidad, pues aun cuando la lluvia de spots de radio y televisión haya amainado, no por ello los ex “precandidatos” a la Presidencia de la República y a nueve gubernaturas estatales –precandidatos que en la tercera semana de febrero perdieron el “pre” y se convirtieron en candidatos oficiales–, así como la legión de hombres y mujeres que a estas alturas del juego ya están más que apuntados para disputarse los cargos a legisladores y munícipes, han estado muy lejos de optar por la vida retirada, recluyéndose en santa paz, velando armas y meditando sobre las estrategias más convenientes para la etapa final que arranca con los primeros días de la primavera. Por el contrario, los susodichos no han dejado cubierta sin recorrer, oteando el horizonte y haciendo conjeturas sobre sobre el futuro inmediato.

Y es que durante este periodo de “intercampañas” la curiosa legislación electoral mexicana permite a quienes aspiran al más alto cargo del país y a las entidades federativas que puedan placearse a sus anchas en los medios masivos de comunicación o asistir como conferencistas a universidades o visitar mercados y tianguis o dejarse ver en partidos de fútbol o en conciertos y espectáculos escénicos, siempre y cuando no hagan proselitismo o pidan abiertamente el voto para nadie (ni para ellos ni para sus correligionarios ni tampoco para su partido ni para su coalición, cuando éste sea el caso).

La curiosa legislación electoral mexicana permite a quienes aspiran al más alto cargo del país y a las entidades federativas que puedan placearse a sus anchas en los medios masivos de comunicación. Foto: Fernando García Carranza/Cuartoscuro.

Lecciones de las precampañas

Para la mayoría de los ahora ex-precandidatos, la primera etapa del proceso electoral fue, en muchos casos, un round de sombra o tanteo, y en otros, una suerte de “borrador” que, con el consejo de sus asesores, deberán pasar en limpio a partir del 30 de marzo, cuando comience el segundo y largo (dos meses y medio) y definitivo round, antes de que sobrevenga el veredicto final, una vez hecho y oficializado el recuento de los votos que se capten en las urnas el próximo 1 de julio del año en curso.

Dicho de otro modo, las pasadas precampañas dejaron lecciones que los contendientes a los diversos cargos de elección popular deberán aprender, con el propósito de no cometer errores costosos y, cuando fuere el caso, rehacer estrategias, a fin de no seguir rezagándose o, peor aún, de quedarse en la orilla, viendo como los contrincantes más adelantados se separan de forma definitiva.

La novedad fueron las numerosas deserciones que se registraron entre militantes de varios partidos políticos y quienes de manera súbita decidieron cambiar de aires. En el ámbito nacional las más sonadas bajas fueron las que resintieron el PAN, el PRD y hasta el propio PRI, que casi sin excepción se sumaron a la campaña del abanderado presidencial de Morena, Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

En la comarca jalisciense la deserción más significativa fue la que se dio en el equipo de Enrique Alfaro, ex precandidato (ahora candidato a secas) de Movimiento Ciudadano (MC) a la gubernatura del estado. Desde la primera semana de febrero, Alfaro y los alfaristas han tenido que apechugar la salida del ahora alcalde con licencia de Tlajomulco, Alberto Uribe, quien de estar llamado a ser el “supercoordinador” de campaña de los candidatos de MC optó por sumarse a las filas de AMLO.

¿A qué se debe esta sangría de distintos partidos políticos? ¿Y por qué el principal beneficiario, por no decir que beneficiario casi único, de esas deserciones ha sido precisamente AMLO? ¿A caso porque muchos de los ahora neopejistas consideraron la coalición entre el PAN, el PRD y MC como una alianza “contra natura”? ¿O por una convicción profunda de los migrantes partidistas? ¿O por simple cálculo y oportunismo político de quienes, desde antes del arranque de las precampañas, han venido viendo al Peje en la cima de prácticamente todas las encuestas? Los partidos y contendientes hasta ahora damnificados tendrán que meditar muy seriamente en lo anterior y buscarle remedio a este achaque.

Desde la primera semana de febrero, Alfaro y los alfaristas han tenido que apechugar la salida del ahora alcalde con licencia de Tlajomulco, Alberto Uribe, quien de estar llamado a ser el “supercoordinador” de campaña de los candidatos de MC optó por sumarse a las filas de AMLO. Foto: Fernando Garcia Carranza/Cuartoscuro.com

Extraños compañeros de alcoba

Para sorpresa de propios y ajenos, en el PRI no se decidieron por el senador Arturo Zamora, quien parecía ser su carta más fuerte para tratar de retener la gubernatura de Jalisco, sino por alguien que en cualquier casting calificaría sobradamente para representar a la víctima perfecta: Miguel Castro Reynoso, ex alcalde de Tlaquepaque y ex secretario de Desarrollo Social en el estado. ¿Por qué la cúpula tricolor –tanto la nacional como la de la comarca– hizo a un lado a quien todas las encuestas ubicaban como el priista políticamente más rentable de Jalisco y, en lugar de ello, prefirió a un funcionario de poco arrastre? ¿O es que acaso no pudieron convencer a Zamora para que ser el contendiente de Alfaro? Misterio.

Pero más allá de ésta y otras incógnitas, tal vez la mayor sorpresa en la presente zafra electoral sean las extrañas alianzas que se han venido fraguando entre quienes parecían ser adversarios irreconciliables y, como contrapartida, la inocultable separación entre correligionarios de un mismo partido, específicamente del PAN, cuya dirigencia nacional no apoya a su candidato oficial a la gubernatura de Jalisco, sino a Enrique Alfaro, aun cuando éste no vaya oficialmente en alianza conformada por el pan, el PRD y MC, sino como solista del partido naranja.

Finalmente, por lo que hace a las alianzas impensadas en Jalisco, la más notable –y para muchos decepcionados del alfarismo también la más grosera y lamentable– es la que se ha formalizado entre MC y el nomenklatura de la Universidad de Guadalajara o, más específicamente, entre Enrique Alfaro y Raúl Padilla, quienes apenas ayer no se comían una jícama juntos y ahora andan a partir un piñón o de manita sudada, buscando hacerse fuertes uno al otro –sobre todo ante el temor de que AMLO, que tiene una mala opinión de ambos, pueda ganar la Presidencia de la República– y haciendo bueno también el famoso dicho del gallego Manuel Fraga Iribarne: “La política hace extraños compañeros de alcoba”.

¿Por qué la cúpula tricolor –tanto la nacional como la de la comarca– hizo a un lado a quien todas las encuestas ubicaban como el priista políticamente más rentable de Jalisco y, en lugar de ello, prefirió a un funcionario de poco arrastre? Foto: Fernando Garcia Carranza/Cuartoscuro.

Cronista, periodista y académico universitario. Ha publicado Oblatos-Colonias: andanzas tapatías, (2001 y 2013), ¡Ai pinchemente: teoría del tapatío (2011) y El Llano Grande: un recorrido por el territorio rulfiano (2017).