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Creer en el periodismo escrito

Es un lugar común decir que de unos años para acá, desde la irrupción de las llamadas redes sociales, los medios masivos de comunicación más conocidos (aquellos con los que crecieron las generaciones anteriores que antecedieron a los llamados millennials) están pasando por una época de vacas flacas, con el agravante de que el futuro se vislumbra todavía más sombrío para tales medios, es decir, para la radio, la televisión, el cine…, y ya no se diga para las publicaciones impresas, en particular para aquellas cuya naturaleza es de esencia informativa, o más específicamente, periodística.

Sin embargo, éste, como casi todos los lugares comunes, no pasa de ser –y esto en el mejor los casos– una verdad a medias o, lo que vendría siendo lo mismo, un cliché, un estereotipo, una interpretación simplista y hasta deformante de la realidad, por lo cual conviene tomarlo con cierta cautela, como debiera hacerse, por lo demás, con el resto de los lugares comunes, por más repetidos que lleguen a ser.

Nadie niega, por supuesto –sería tonto hacerlo– que las redes sociales y las nuevas tecnologías son algo que ha llegado para quedarse y que sus consecuencias (benéficas muchas de ellas, y otras no tanto) se vienen resintiendo desde hace por lo menos una década en las diversas actividades de la sociedad moderna, y no sólo en los medios de comunicación convencionales. Sin embargo, de este hecho no se sigue que dichos medios estén condenados a la marginación –y menos aún a su extinción– por el ascenso de las redes sociales y de las nuevas tecnologías, a las que muchos espíritus simplistas han llegado al extremo de casi divinizar, no obstante que grandes pensadores de nuestro tiempo como George Steiner o el finado Umberto Eco nos previnieron de manera oportuna precisamente contra los excesos de las redes sociales, diciendo que con ellas la humanidad había conocido el mayor florecimiento de la mala información y aun de la propagación masiva de la ignorancia.

Por lo demás, el hecho de que la Internet, con todos sus más variados usos, incluidos el Facebook, el Twitter y los blogs, entre otras aplicaciones de las redes sociales, sea un fenómeno cada vez más accesible para legiones de hombres y mujeres en todo el planeta, no equivale a condenar a muerte a los tradicionales medios masivos de información, así sólo sea en su modalidad periodística. Por el contrario, en la práctica cotidiana la Internet y las nuevas tecnologías han sido aliadas y facilitadoras del trabajo periodístico y no sólo en su elaboración habitual, sino ayudando también a ponerlo al alcance tanto de un creciente público lector como de los usuarios de los medios electrónicos, aun cuando, por otra parte, ello haya representado también una merma en el renglón económico de muchas de esas empresas de comunicación, en la medida en que cada día pareciera ser mayor el número de lectores-navegantes, quienes accedan a un número incontable de publicaciones periódicas a través de sus gratuitas páginas webs, que el de aquellas personas que siguen prefiriendo la edición impresa de dichas publicaciones y por la cual, desde luego, se debe hacer un desembolso, por mínimo que éste sea.

Dicho de otro modo, el reto que las redes sociales y las nuevas tecnologías le han venido a plantear a los medios periodísticos tradicionales tiene que ver más con la dificultad para poder comercializar el trabajo que desarrollan los profesionales de la información, y no tanto con el contenido de ese trabajo, aun cuando la oferta de opciones informativas –entre ellas muchas que no pasan de la seudoinformación– se haya multiplicado. Este reto (conseguir la viabilidad financiera de los medios en la época de Internet) es un asunto de gran importancia, por supuesto, en la medida en que de él depende la existencia y la perdurabilidad del quehacer propiamente periodístico, del periodismo profesional y no de la propalación de rumores, fake news, trascendidos, chismorreos y similares.

La dificultad del periodismo moderno tiene que ver más con la dificultad para poder comercializar el trabajo que desarrollan los profesionales de la información. Foto: Tercero Díaz/Cuartoscuro.

Pero lo que resulta falso, o por lo menos indemostrable, es ese apocalíptico lugar común que ha llegado a sentenciar que el periodismo tiene los días contados, lo que en su momento llegó a decirse también del teatro y de la ficción literaria cuando el cine se hizo adulto y se convirtió no sólo el principal entretenimiento del siglo XX sino en una actividad creativa, y luego del mismo cinematógrafo en el momento en que la televisión invadió los hogares, o del propio periodismo escrito cuando la radio y la televisión comenzaron a incluir en sus emisiones, hasta entonces dedicadas preferentemente al entretenimiento, también programas de corte informativo.

A quererlo o no, las redes sociales y las nuevas tecnologías han venido a decantar el verdadero periodismo y a exhibir quién es quién en el oficio de informar profesionalmente, así como en el de opinar con conocimiento de causa sobre los sucesos que, para bien o para mal, afectan la vida de una comunidad, de un país o del planeta. Y es que, contra lo dicho por esas voces agoreras que quieren ponerle fecha de caducidad al periodismo tradicional, éste sigue siendo necesario por muchas, variadas y hondas razones; entre ellas, por la necesidad básica de poder contar con información confiable, y también porque es indispensable exhibir o acotar la multiplicación de los charlatanes, los deformadores de la realidad y los propaladores de noticias falsas que se han multiplicado con las redes sociales, para no hablar de quienes saturan el ciberespacio con todo tipo de invectivas, infamias, calumnias, vulgaridades y otras miserias que, por más que formen parte también de la condición humana, no por ello dejarán de ser algo inaceptable.

Y aun cuando lo anterior es un fenómeno global, éste ha tenido algunas peculiaridades en una plaza como la de Guadalajara y su región que, por lo que hace a los medios impresos, en lo que va del presente siglo ha visto el cierre de varias publicaciones periodísticas, la mutación radical de otras y el surgimiento de algunas más.

En el primer caso está la desaparición de los diarios Ocho Columnas y La Jornada Jalisco. Y apenas en agosto del año pasado sucedió lo mismo con el suplemento semanal Proceso Jalisco. Otro fenómeno ha sido el fracaso de plausibles iniciativas locales que, por guerras de egos o incompetencia empresarial o por ambas cosas, terminaron viniéndose abajo o siendo absorbidas por consorcios foráneos. El ejemplo más nítido de ello fue el caso del promisorio diario Siglo 21, que apareció el 8 de noviembre de 1991, pero que por una pugna interna terminó dividiéndose cinco años y medio después en dos facciones: la que subsistió todavía durante 16 meses con el nombre original y, por otro lado, la que emigró para elaborar el diario Público, que apareció el 8 de septiembre de 1997, pero que al no poder conseguir su viabilidad financiera, acabó siendo adquirido a finales del siguiente año por un corporativo de medios con sede en Monterrey (Multimedios Estrellas de Oro), el cual al poco tiempo lo rebautizó como Público Milenio para luego darle su actual nombre: Milenio Jalisco.

En años recientes, se han sumado a la plaza nuevos matutinos como NTR Guadalajara, La Crónica Jalisco, así como otras publicaciones de periodicidad más demorada y, por supuesto, también de menor presencia. Todos ellos, sumados a los diarios más antiguos de la comarca (El Informador, con un siglo de existencia, y El Occidental, que ya sobrepasa los 75 años) y a otro que se va acercando ya a sus dos décadas de vida (Mural, perteneciente al regiomontano Grupo Reforma), diarios que han realizado frecuentes “ajustes” (eufemismo por liquidación o despido) en su plantilla de reporteros, fotógrafos, editores, columnistas…, componen el panorama actual del periodismo escrito en Guadalajara y su región, con salarios a la baja entre el grueso de los chicos de la prensa y la improvisación de no pocos editorialistas, a los cuales han admitido ya sea porque escriben sin ningún pago a cambio, o por amiguismo, o por alguna relación clientelar con funcionarios que navegan con bandera de “académicos”, preferentemente de personas identificadas con el más ambicioso de los poderes fácticos de la comarca: el grupo político que encabeza desde la Universidad de Guadalajara el ex rector Raúl Padilla y ha manejado a placer, desde casi tres décadas, los recursos de esa casa de estudios que opera con el dinero de los contribuyentes.

No obstante este panorama, que no pareciera ser el más propicio para el auténtico periodismo, siempre será de celebrarse cualquier iniciativa que en estos tiempos de la Internet y las redes sociales siga creyendo en los profesionales libres y honestos de la información. Y esto porque no puede darse el lujo de prescindir de ello una comunidad que aspire a tener una verdadera vida democrática, a fin de poder construir una sociedad con menores desigualdades y en la que, lejos de que la corrupción y otras lacras de la vida pública sean toleradas, se las denuncie, se las persiga y se las castigue. 

Cronista, periodista y académico universitario. Ha publicado Oblatos-Colonias: andanzas tapatías, (2001 y 2013), ¡Ai pinchemente: teoría del tapatío (2011) y El Llano Grande: un recorrido por el territorio rulfiano (2017).