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Cuidar lo propio o intervenir en lo común, dilema falso

Por: Augusto Chacón Benavides

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uizás sea el frío que estos días hemos sentido. Quizás sea esta época, la Navidad y el fin de un año intenso, en muchos sentidos sumada, por supuesto, al frío. Quizás sea la desazón que instala en nosotros la intuición de lo inminente: lo indefinible, dañino, que se cierne y que no podemos evitar, potenciado por esta época del año, gozosa y melancólica, y, claro, por el frío.

El caso es que una cierta incomodidad no se me quita del espíritu y, contra mis hábitos, ni la razonada meditación de mi circunstancia me rescata; ya no busco entender, al menos alzar la cara, si pudiera dar con la raíz de aquello que me atosiga. En términos del ya clásico verso de El Personal: “No me hallo”.

Antes de seguir, ofrezco una disculpa por el flagrante YO del que a lo largo de este comentario me valdré.

Supongo que lo que yo sienta, mis subjetividades en términos de individuo, de sujeto común y corriente, de igual entre iguales, son perfectamente irrelevantes; y también conjeturo que desde el privilegio que tengo de acceder a este medio, podría proclamarse como un abuso que, así como así, externe mis sentires personales. Pero espero su indulgencia y que puedan circunscribir este yo contundente que hoy se manifiesta, a la temporada y, sí, al frío que convoca un tiritar que es estrictamente particular.

No es un secreto que Jalisco Cómo Vamos ha sido parte de la construcción del Sistema Anticorrupción del estado.

Con el mejor ánimo, convocados por los organismos empresariales y los empresarios y las universidades que son parte de nuestro Consejo, nos apuntamos para reflexionar desde la plataforma que nos dio el cercano relevo del Auditor Superior (hace más de un año) respecto al Sistema Anticorrupción que el Estado necesitaba, necesita aún, respecto al perfil de quien debería encabezar la Auditoría y respecto a la oportunidad que se nos presentaba como sociedad en un territorio específico, de intervenir para cesar el modo corrupto de relación que en tantas áreas de lo público hemos elegido.

Y no sólo lo anterior, después acudimos al llamado del gobernador para ayudarlo, junto con organismos de la iniciativa privada, universidades, ONG’s y los otros dos poderes públicos, para redactar las iniciativas que Aristóteles Sandoval enviaría a los diputados para crear la trama jurídica que el sistema requería.

Y por si no bastara, también participamos con las y los legisladores en el grupo que llamaron: Mesa de Gobernanza –idéntico equipo al que formó el gobernador– para llegar a las últimas consecuencias: las reformas legales y la génesis de organismos específicos para intentar abatir la corrupción: una Comisión de Selección que a su vez tendría como fruto el Comité de Participación Social, que por su parte contribuiría a nombrar un Fiscal Anticorrupción, tres magistrados para el Tribunal de Justicia Administrativa, al Auditor Superior del estado y diversos contralores de varias dependencias.

Lo anterior en el lapso de un año y seis meses y atravesado por debates, con diferendos solucionados con diálogo, con desencuentros en los que las partes tuvieron que ceder; era la argamasa de una esperanza que nos musitaba dulcemente: ahora sí, parece que ahora sí. Pero, asimismo, nos rodeaba un escepticismo nada despreciable, incluso razonable. Ahora estamos casi al final, a pocos días de saber si valió la pena, de enterarnos si tener buenas expectativas era realista o simplemente una inocencia más, como tantas de los crédulos ciudadanos en un siglo.

Sospecho lo peor porque no han dejado de asomarse signos que apuntan al pasado: de la terna fallida que mandó el gobernador, por la que tuvo el valor de enmendar, a los amagos a favor de un aspirante a la Fiscalía especial, que se negó a aceptar las reglas sociales, que insinúan: es un buen hombre, hagan a un lado que no se presentó el examen y que se negó a dar su declaración de intereses; hasta los requiebros de varios integrantes de la clase política, y de los acomedidos que suelen adularlos, para insinuar que no hacer caso del Comité de Participación Social no es tan importante, con lo que mandan decir: que sí quieren acabar la corrupción, pero un día de estos, y siempre y cuando los dejemos actuar como siempre: según su regalada gana y poniendo por delante sus intereses.

Con lo que, entre la época, el frío, los modos de quienes gobiernan a la sociedad y el presentimiento de que tal vez tanto esfuerzo no quede sino en calidad de un ridículo espectacular (predicho por muchos y muchas), no me resta sino hacer el balance al que el fin de año y la Navidad nos impelen, intimista, sórdido, resignado: tengo un buen trabajo, estable y retador, y lo hago como parte de un equipo estupendo.

Nos acompaña en la tarea un Consejo de clase mundial. Tengo amigos y amigas cercanos, solidarios, maestros constantes de la ignorancia con la que de repente los atosigo; mi familia es amorosa y divertida, remanso e intensidad cotidiana, y además podré tomarme unos días de descanso.

No obstante, de unos días a la fecha me acecha esa incomodidad que decía al principio, la traigo untada en el espíritu. Creo que se debe a que el ahínco de tantos y tanta esperanza puesta en lo que en común creímos haber edificado, está hoy en manos de los legisladores, del gobernador y de los otros poderes inmiscuidos, no necesariamente legítimos; entonces recurro a mirar a lo bueno que me rodea, la multitud de cosas que le dan sentido a lo que soy, a lo que voy siendo, y, no obstante, no deja de jalarme hacia abajo la pesadez de lo que como sociedad nos niegan o lo que no somos capaces de conseguir: justicia, reparto equitativo de la riqueza que sí tenemos, igualdad, seguridad, pleno estado de derecho.

Y así, ¿para qué desgastarse con lo irreformable? Tomaré lo mío y que lo demás se las haya como pueda, si puede, y si no, ya tuve suficiente. Apenas pongo esta disyuntiva en la mesa, un amigo de los que son un activo invaluable, Miguel Bazdresch, sale al quite: es una disyuntiva falsa, para que lo que tienes se mantenga no puedes dejar de participar, si claudicas –hay muchos ejemplos en el mundo– vendrán por lo que hoy atesoras (por lo objetivo y por lo subjetivo) que crees te pertenece, inmutable; lo logrado no es ideal, dice, pero por lo pronto contiene que el mal se expanda.

Hay que atender lo que el gobernador, los legisladores y los poderosos resuelvan respecto al Sistema Anticorrupción; desear que no se equivoquen y que sus acciones abonen al bien general, sobre todo al de la gente que hoy está excluida incluso de la alimentación constante, más de la mitad de la población.

Pero si nos aplican la más rancia tradición, no hay que rendirse. Miguel tiene razón: si bajamos los brazos vendrán por más, por lo mucho, por lo poco y hasta por nada. Resulte lo que resulte estos días, en enero habrá que retomar el compromiso; queda casi todo por hacer.

Director del Observatorio Ciudadano Jalisco Cómo Vamos. Columnista para varios medios locales y nacionales, comentarista político para Canal 44 y Radio UdeG.