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Días de campamento

Me llamo Joselyn y soy periodista. Hasta hace algunos meses mi vida transcurría en un edificio de la calle Ajusco, en la colonia Portales. Pero el terremoto que zarandeó Ciudad de México un 19 de septiembre, nos dejó sin hogar a las 40 familias que ahí vivíamos, justo a las 13:14 horas de aquel día.
Yo estaba a punto de lavar los trastes, ya no alcancé ni un plato. Adiós a la vida hogareña, a esa que era la “vida cotidiana”.
Supimos que perdimos nuestras casas cuando personal de Protección Civil del gobierno capitalino colocó una cinta amarilla a la entrada del edificio, y ya no pudimos pasar a recoger ni siquiera cobijas o documentos. Vecinos se acercaron de inmediato a ofrecernos comida, agua, tiendas de campaña.
Nunca había armado una casa de campaña, mis vecinos tampoco; ni siquiera recuerdo haber visto alguna en la ciudad, siempre me las imaginé para un día de campo, para viajes de placer en medio de la naturaleza. En la redacción aprendí a hacer entrevistas, a cubrir notas, a imaginarme la cobertura de desastres. Pero armar una casa de campaña para mudarme a ella como mi nuevo hogar por culpa de la naturaleza, eso sí no. Y menos me imaginé ser yo la noticia.

Edificio de la calle Osa Mayor afectado por el sismo en trabajos de demolición. Foto: Galo Cañas/Cuartoscuro.

¿Para qué sirve la lona? ¿Por qué me sobran varillas? ¿Cómo fijar una estaca en el pavimento? Parecía una empresa indescifrable hasta que un grupo de boy scouts se acercó a nosotros, los damnificados (desde entonces ya no era solo periodista, sino una “damnificada”), y en menos de cinco minutos ya tenía un techo de nylon bajo el cual pasar mi primera noche después de un terremoto de magnitud 7.1, el segundo en once días, porque casi a la medianoche del 7 de septiembre anterior tuvimos otro, de 8.1.
Poco a poco se fueron sumando más y más tiendas, hasta que los damnificados ocupamos la acera completa a los pies del edificio. Oficialmente ya éramos un campamento. Un campamento de damnificados. Una avenida muy transitada se convirtió en nuestro nuevo hogar, nuestro condominio. Pasé de llegar sola por la noche a mi departamento, a encender la luz, a ir a la cama o darme un baño con agua tibia… a pernoctar al aire libre, a recibir donativos de extraños, a mirar gente sonámbula a todas horas.
Pocas veces estuve de guardia en mi nuevo hogar, pues tenía que ir a trabajar al periódico donde ahí sí tenía que estar de guardia, porque las noticias sobre los miles de damnificados en Ciudad de México, Morelos, Puebla, Oaxaca y Chiapas se publicaban sin cesar y me recordaban en la redacción que yo también era una damnificada que iba a dormir en la calle, en un campamento. Traté de adaptarme, ¿quién puede hacerlo?

Edificio declarado como inhabitable. Foto: Cuartoscuro.

Durante casi un mes mis pertenencias cabían en una mochila, que llevaba a todas partes: un cambio de ropa, documentos, mis identificaciones. La vida cotidiana del damnificado.
Los primeros días después del terremoto, casi cada cinco minutos, se acercaban extraños a ofrecernos comida, bebida, artículos de higiene personal, ropa, cobijas, alimento para nuestras mascotas, igual de damnificadas que nosotros. Me quedaba sólo con lo necesario y hacía un inventario para no tener broncas con el resto de los ex habitantes de mi edificio. Nunca faltó comida, no pasé hambre, pero dormir en plena calle jamás estuvo en mis planes. Dentro de esa tienda de campaña supe la angustia de querer descansar oyendo la lluvia y sintiendo el frío.
Los rostros de mis vecinos eran siempre amables, parecían de buen humor, bueno, en la medida lo posible. Los primeros días también yo era así, después, la presión del trabajo y el desgaste de las guardias me hacían desear abandonar el campamento, quedarme en un hotel o con familiares.
La incertidumbre de no saber si esa mochila que me acompañaba contenía en realidad mis únicas pertenencias me preocupaba. “Pues, total, lo material va y viene”, me decía para calmarme. Pero ver a otras personas llorando porque sentían perdido el patrimonio que habían logrado durante toda su vida, eso sí que era triste. Y sigue siendo triste.

Damnificado de edificio Osa Mayor recuperando sus pertenencias. Foto Galo Cañas/Cuartoscuro.

La incertidumbre con los DRO

Las inspecciones de los directores generales de obra (DRO) y las visitas de Protección Civil eran angustiantes, no sabíamos cuál sería el diagnóstico sobre nuestro edificio. Muchos de los inspectores ni siquiera revisaban el edificio completo, y así daban su dictamen.
Días después de la primera inspección nos dimos cuenta que nuestro edificio se estaba hundiendo, gracias a un osito de peluche en el techo del ropero. Antes del terremoto y algunos días después había bastante espacio entre el muñeco y el techo del mezanine. Ahora el peluche estaba aplastado.
Fue cuando llegó la segunda evaluación, a cargo de ingeniero Hugo Torres.
“Hay una columna que ya valió. Piensen que los daños que sufre ahorita su edificio son los mismos que tenían tras el 85 los edificios que se cayeron apenas en la Roma y la Condesa. No se va a caer hoy, ni mañana, pero literalmente este edificio va a durar hasta que vuelva a temblar”, nos advirtió.
Luego, y a pesar de que la cinta amarilla seguía impidiendo la entrada a nuestras viviendas, algunos vecinos se mudaron. Sacaron sus cosas en ollas, envueltas en sábanas o toallas, como fuera, lo importante era desalojar a toda velocidad.
El tercer y último peritaje lo concertó Inversiones Galicia, la inmobiliaria propietaria del edificio que luego del sismo se mostró indiferente y omisa con nosotros, los arrendatarios. Y así, sin más, nuestro edificio se declaró “habitable”.
Pero esta vez otro grupo más numeroso de vecinos, entre ellos yo, decidimos buscar un nuevo hogar. Otros más siguieron en el campamento y otros, los menos, regresaron a habitar sus departamentos como si nada hubiera pasado, sin medir el peligro.
Volví “a la normalidad” en cinco semanas, pero para muchas familias la normalidad es otra: siguen en los campamentos o en casas de parientes. Van a trabajar y a la escuela sabiendo que no tienen un hogar propio al cual volver, o con la certeza de que ahora se han convertido en celosos guardianes del montón de ruinas que alguna vez fueron sus casas.
Hace poco, recordando mis días de campamento, volví a pasar por la calle Ajusco. Ahí seguían las tiendas de campaña, con su vida cotidiana que se inició hace meses. Mis ex vecinos miraban a trabajadores de la inmobiliaria Inversiones Galicia que pintaban la fachada para sus nuevos inquilinos..
–Va a quedar bien bonito- dijo uno de mis ex vecinos.
–Sí, pase lo que pase se va a ver bien bonito– contestó el otro.

Damnificado de la unidad habitacional Tlalpan. Foto: Galo Cañas/Cuartoscuro.

Periodista por decisión y amante del café por convicción. Me gusta escuchar historias, contarlas, ver en ellas un poco de mí.