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Funcionarios necios y de pocas luces

A

principios de este último mes del año pudo verse un par de escenas antitéticas a las afueras de la Presidencia Municipal de Guadalajara. Por un lado, varios calandrieros en huelga de hambre pidiéndole al gobierno tapatío que les permitiera seguir trabajando y no se les condicionara la licencia para hacerlo a aceptar la sustitución de las tradicionales calesas tiradas por caballos por vehículos automotores de locomoción eléctrica. Y a unos cuantos metros de ahí, un grupo de operarios se afanaba en el montaje de la gigantesca escultura Árbol adentro, de José Fors, en plena avenida Alcalde.

Pero más allá de la existencia de un gobierno de ribetes clasistas, hostil con personas que ganan honradamente el sustento de su familia paseando turistas y muy manirroto con improvisados “artistas urbanos”, hay algo que de plano parecieran no entender ni las autoridades de Guadalajara ni tampoco las de Zapopan con relación a sus respectivos programas de “arte público”: que son algo particularmente riesgoso. Y ello por una razón muy simple: porque a quererlo o no esas presuntas obras de arte vienen a alterar el espacio público, al introducir en dicho espacio –que es de todos y no sólo de los gobernantes en turno– un elemento nuevo, un elemento que, además, en la mayoría de los casos ha dado por resultado, al menos en nuestro medio, obras de dudoso gusto y de muy bajos o nulos atributos artísticos, y con otro agravante: la pretensión, tanto por parte de los autores de la obras en cuestión como de quienes las promueven, de que dichas obras queden expuestas para siempre en la vía pública.

Independientemente de que esas presuntas obras artísticas no lleguen a tener un costo para los contribuyentes, como han venido presumiendo las autoridades de Zapopan, o de que se hagan con fondos públicos, como sucede con el oneroso y descocado Programa de Arte Público de Guadalajara, en ambos casos se está alterando el espacio público, lo que es especialmente riesgoso cuando la obra en cuestión se pretende instalar –e instalar para siempre, es decir, hasta la consumación de los siglos, hasta el Día del Juicio Final– en sitios de alto significado histórico o urbanístico, como sería el caso, ahora mismo, de la mencionada obra del pintor José Fors, una obra más bromosa que agraciada y que en un típico sabadazo se montó a unas decenas de metros de la Catedral, en la confluencia de dos céntricas rúas: la calle Independencia y la antigua avenida Alcalde, la cual está a punto de ser reconvertida en el anunciado Paseo Fray Antonio Alcalde.

Escultura “Árbol adentro”, de José Fors. Foto: Rafael del Río

En éste, como en otros casos, es inadmisible que funcionarios, necios y de pocas luces, decidan por sus pistolas y sólo por encontrarse transitoriamente en un cargo de autoridad, comisionar esas presuntas obras de arte urbano e instalarlas donde mejor les viene en gana, sin tomar en cuenta el parecer de la sociedad y, sobre todo, sin consultar a quienes verdaderamente saben sobre la materia (expertos en arte público, en urbanismo, en preservación patrimonial y en asuntos afines), como si por el hecho de llegar a equis cargo público convirtiera a cada uno de esos “servidores públicos” no sólo en peritos en cuestiones estéticas, sino en depositarios permanentes de la voluntad ciudadana y, por lo tanto, quedaran investidos con los atributos para poder hacer y deshacer a su antojo todo aquello que consideren como lo más conveniente para la ciudad.

Y no solamente para la ciudad de ahora, sino también para la de mañana y la de siempre, dado que la pretensión es que sus “propuestas” de arte público permanezcan de por vida, sin más aprobación que la de ellos, es decir, de funcionarios arrogantes y semianalfabetos, que en el colmo de la soberbia siguen creyendo que tener el poder equivale a tener la razón.

Sin minimizar lo que viene sucediendo en Zapopan, ha sido particularmente grave el caso del llamado Programa de Arte Público de Guadalajara, que no sólo comenzó mal, sino que ha ido empeorando. Y comenzó mal porque dicho proyecto –más que proyecto, ocurrencia– fue decidido de manera discrecional, a un costo desmesurado para las finanzas municipales, sin un comité de selección integrado por expertos, asignando los encargos por dedazo, en la mayoría de los casos a pintores que están debutando como escultores y como artistas urbanos.

Por todo lo anterior, los resultados que se han conseguido hasta ahora saltan a la vista: por principio de cuentas, las cuatro obras presentadas a propios y extraños (La pluma, de Pedro Escapa; Sincretismo, de Ismael Vargas; la Abundancia, de Sergio Garval, y Árbol adentro, de José Fors) incluso están muy debajo del nivel artístico que cada uno de esos improvisados escultores ha conseguido como pintor.

Escultura de Pedro Escapa que montó el Ayuntamiento de Guadalajara en el programa de Arte Público. Foto: Rafael del Río

Y como ya han sido comentados los evidentes fallos y limitaciones de las estramancias de Pedro Escapa e Ismael Vargas, ahora es oportuno hablar de la pieza recién inaugurada de Sergio Garval, así como de otra que está a punto de develarse, de la autoría de José Fors. Aun cuando la primera de ellas pretende ser, según su autor, una versión moderna y personal de las mitológicas Tres Gracias grecorromanas, en la realidad de las calles tapatías (para ser precisos en el camellón de Lázaro Cárdenas en su cruce con Fuelle) ha acabado siendo otra cosa: una obra equívoca con la incorporación gratuita de caballos, lo que lleva a pensar que a su autor se le hizo bolas el engrudo y confundió las Gracias, que son de infantería, con las amazonas, asociadas por antonomasia con la caballería. Aparte de ello, el autor se sacó de la chistera la falsa idea de que una de las tres Gracias representa a “la Abundancia”.

Pero si la obra de Garval, por la que el susodicho va a cobrarle al Ayuntamiento tapatío cerca de once millones de pesos ($10’680,000 para ser exactos), raya en el humor involuntario, la de Fors es una pieza en la que su autor definitivamente confunde lo grandote con lo grandioso; se fusila el título del último libro de poemas de Octavio Paz (Árbol adentro), y lo que aún es más grave: les va a obstruir a las personas que recorran de norte a sur el Paseo Alcalde la vista de la Catedral y del horizonte sur de la avenida, empobreciéndoles también la perspectiva norte a quienes hagan el recorrido a la inversa.

Escultura “Árbol adentro”, de José Fors. Foto: Rafael del Río

Por lo demás, si el paseo de marras pretende honrar la memoria del mayor benemérito de esta parte del mundo, ¿por qué colocar en un punto, que prácticamente es el arranque de ese andador, la mencionada estramancia de Fors y no una escultura con la imagen del propio Fray Antonio Alcalde?

Ante esta enrevesada situación, las autoridades del Ayuntamiento de Guadalajara sólo parecieran tener dos salidas: o reubicar de nueva cuenta el macetón broncíneo de Fors, o cambiarle el nombre al inminente andador, llamándole ya no Paseo Fray Antonio Alcalde, sino Paseo José Fors, o Paseo Forceps, o Paseo Cuca, en el entendido de que el principal foco escultórico de ese corredor sería, prácticamente desde su mismo arranque, en el centro de la ciudad, una descomunal pieza de seis metros de ancho por cuatro de altura del referido pintor y rockero de la comarca, una obra propia de la estética de Pedrones, la imaginaria ciudad donde, según el escritor Jorge Ibargüengoitia, no existía mayor mérito que el tamaño de las cosas.

En conclusión, el llamado Programa de Arte Público de Guadalajara es una ocurrencia hecha a troche y moche por funcionarios duros de entendederas (Rulfo dixit), una ocurrencia que ha ido de mal en peor, y que en definitiva no se ve cómo pueda mejorar con las obras que aún no se instalan, las cuales, por cierto y tal vez para pesar suyo, ya no podrá inaugurar al principal responsable de este “artístico” desaguisado urbano (el todavía alcalde tapatío Enrique Alfaro), quien para cuando se publique este comentario ya habrá puesto pies en polvorosa para irse a buscar la gubernatura de Jalisco.

Cronista, periodista y académico universitario. Ha publicado Oblatos-Colonias: andanzas tapatías, (2001 y 2013), ¡Ai pinchemente: teoría del tapatío (2011) y El Llano Grande: un recorrido por el territorio rulfiano (2017).