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La esclavitud, maquillada como trabajo: Alejandro Hosne

En la voz de Alejandro Hosne (Buenos Aires, 1971) hay una mezcla de rencor y desesperanza, de nihilismo. Víctima del menemato en la década de los 90, despotrica sin cortapisas contra la corrupción política y los abusos de los poderosos.

No se traga el cuento de las bondades del neoliberalismo ni cree en la buena fe de los empresarios. Pero como lo suyo no es el activismo, sino la escritura, ha decidido arrojar sus mordidas en donde se siente más cómodo: la literatura. Así lo hizo en su primera novela Ningún infierno (Alfaguara, 2011), donde el joven protagonista realiza una cacería urbana en una convulsa y caótica Buenos Aires.

Luego de una más reflexiva Todo lo demás es mentira (Alfaguara, 2014), Hosne repite la dosis en un texto testimonial, luego de que se vio obligado a emplearse en una oficina de tiempo completo. Cada noche, Hosne llegaba a casa destrozado, pero con el hartazgo y enojo suficientes como para lanzar su queja contra la imposición de tener que trabajar.

Durante dos meses –tiempo que duró en esa oficina- escribió frenéticamente. El resultado fue Diatribas contra el trabajo (librosampleados, 2017),páginas llenas de rabia” en las que sin retoques ni maquillajes literarios argumenta por qué el trabajo es una imposición social, que despoja a los individuos de toda creatividad y los somete a la rutina.

Con esta nueva rabieta, Hosne se aleja un poco más de la tradición literaria argentina y acepta su traje de enfant terrible, que le queda a la medida.

Horas muertas

Todo comenzó una mañana cuando, doblegado, con la cabeza hundida entre sus hombros y sin rabietas, Hosne abordó el autobús que lo llevaría a su nuevo empleo. Por primera vez en muchos años, tendría que volver a cumplir un horario, y lo haría de la peor manera: en el rincón de una asfixiante oficina, sentado frente a una computadora.

Llegó ahí con engaños. Le dijeron que haría de guionista y al final resultó que debía participar en una campaña antidrogas, así que de entrada no haría algo que le apasionara. Cuando se está desesperado, poco importa lo que uno quiere. Lo peor vino cuando se percató de que ni siquiera se realizaría tal campaña; ni esa ni ninguna otra.

Si bien este tipo de empleos se caracterizan por la sobrecarga de trabajo, aquí la situación era al revés: no se hacía absolutamente nada. Nada de nada. Todo era una especie de farsa en la que todos debían cubrir un horario -de lunes a viernes, de 9 a 6- y simular que trabajaban. Un tiempo muerto en el que más que el día, se escapaba la existencia misma. Ese fue el peor tormento para Hosne.

“Había largas horas muertas y eso me enfurecía. Todo era tiempo muerto, desde que llegaba hasta que me iba. Siempre tenían que aprobar todo y nunca aprobaban nada, ¡entonces no hacíamos nada! La mayoría aprovechaba para hacer cosas externas. Pero yo, como escritor, no podía hacer mucho mientras todos hablaban y escuchaban música; me resultó una cosa insostenible”, relata en entrevista, ahora que han pasado tres años de lo que describe como una “horrible experiencia”.

Escribe Hosne en las primeras páginas de su testimonio: “Lo que yo -mísero ser humano- critico es la sumisión, la esclavitud, que por motivos de marketing fue rebautizada en los últimos cientos de años de este mundo industrial como trabajo o empleo”.

Aquí vale la pena una aclaración: Hosne no se opone al hecho de trabajar en lo que a uno le gusta o sabe hacer; de lo que está en contra es de aquellos “trabajos miserables” que son capaces de apagar cualquier aspiración.

Más relajado, como quien se compadece del sufrimiento de los toros desde la barrera, relata: “Realmente estaba muy amargado. Me sentía muy frustrado de ver a toda esta gente yendo a estos trabajos que no tienen nada que ver con uno. Son trabajos que uno tiene que cumplir por un sueldo. Me atrevo a decir que el 99% de la gente hace cosas que no le interesan”.

Mientras sufría su calvario, hablaba con rencor: “Es repulsivo revivir una rutina básica y mezquina, el asco me vuelve con la misma intensidad de diez, quince años atrás. Rejuvenezco para envejecer de inmediato”.

“Me atrevo a decir que el 99% de la gente hace cosas que no le interesan”  Alejandro Hosne. Foto: Demián Chávez/Cuartoscuro.

Trabajos miserables, dice Hosne, colmados de zombis, bestias y esclavos. “Prefieren entregar su culo hoy y mañana, porque ya está tan desflorado que aprendió todo lo que debía aprender en el arte de expandirse hacia los gomosos bordes de la humillación y la baja autoestima”.

En su experiencia laboral, Hosne recuerda a un “gordito patético” que hacía chistes sobre su sobrepeso, quien, para su sorpresa, acudía feliz a la oficina e incluso llegaba una hora y media antes. Había aceptado “la cultura del sometimiento”, a la que en un descuido se rindió el propio Hosne.

“El otro día me doblegaron tanto con sus chascarrillos, que yo mismo terminé contando un mal chiste y encima todos se rieron. Ahí me di cuenta que estaba moralmente vencido. Pocas veces me sentí tan integrado al sistema y tan lejos de mí como al contar ese chistecito.

“Había entrado a esa dinámica de empleado parásito, cínico, que se empieza a aburrir. Ese era el estado de ánimo generalizado”. Ese fue el inicio el fin. Terminó renunciando.

-¿Cómo era tu rutina en ese momento?

-Mis días, de lunes a viernes, eran la nada. Para mí era como llegar a casa e irme a dormir para iniciar otra vez al siguiente día; es el peor castigo que puede tener una persona: no tener un momento de tranquilidad, de aburrimiento.

Fuimos adoctrinados para negar y odiar el aburrimiento y el ocio. Son malas palabras. No digo que aburrirse sea bueno, pero me refiero a que uno pueda decidir qué hacer. Crear ese hueco temporal en que uno dice: ‘Bueno, no voy a hacer nada’ o ‘No sé qué hacer’. La incertidumbre.

Uno como escritor dice: “Necesito el espacio y el tiempo”. Pero la realidad es que cualquiera necesita el espacio, el tiempo y el ocio, la sensación de estar con uno mismo. En el trabajo todo el tiempo hacían chistes, ponían música, platicaban. Estaban tapando huecos. Ese ambiente era insoportable.

-Hablas de que existe toda una estructura a favor de la cultura del sometimiento. ¿A qué te refieres?

-No me quiero poner muy político, pero a la vez hay que remarcarlo: el neoliberalismo ha hecho del trabajo una esclavitud directa y muy evidente; sin embargo, es un tabú, no se habla mucho de eso, no lo suficiente al menos.

No se habla de la pauperización del trabajo, de que casi todos tenemos que hacer cosas que no nos gustan, que nos hacen mal, cada vez con horarios más extensos y con una paga más miserable.

En México, a partir de 2008 la situación comenzó a pauperizarse. Pero creo que es el neoliberalismo en todos los países. Hablan de los ninis y me parece un término muy infame, porque de entrada culpa a los chicos. Yo lo viví en Argentina a principios de los 90. En ese momento estaba Carlos Menem en la presidencia y en un año vendió todo el país. Todo se privatizó y comenzó la miseria. No había ningún futuro. Trabajara en lo que trabajara todo sería igual.

Entonces de pronto uno se ve como un esclavo en un sistema que está avalado. La esclavitud está avalada con este maquillaje de empleo. Entonces lo que me parece siniestro es que todos vamos al matadero tranquilos y de eso no hablamos.

“Los jóvenes no quieren estudiar ni trabajar porque no ven ningún futuro” Alejandro Hosne. Foto: Ivan Stephens/Cuartoscuro.

-¿Deberíamos de ver a los jóvenes que no quieren trabajar como un bastión de resistencia?

Los jóvenes no quieren estudiar ni trabajar porque no ven ningún futuro, nadie les ofrece nada concreto. Se cayó la máscara de que el esfuerzo va a brindarles algo. La verdad es que no brinda nada. Ese es un grave problema porque entonces estamos en una situación sin salida con ese sistema.

El asunto con los ninis es que resisten de una manera instintiva, su resistencia es un reflejo, pero no están ubicados en un lugar de querer cambiar esto. La suya es una posición espantosa porque todo el mundo los toma como si fueran unos parásitos.

Creo que hay una trampa que se instaló en la cultura. No sé cómo llamarlo, pero pienso en una especie de sistema monstruoso que tiene vida por sí mismo; son cosas que no se cuestionan.

Por ejemplo, nos quedamos con la idea de que todos los sindicatos son malos, que nunca nos van a ayudar, y que todos son corruptos. Eso muchas veces es cierto, ¿pero por qué no podemos plantearlo de otra forma? ¿Quién nos defiende? ¿Nadie? ¿Tenemos que estar solos? Eso es ser un esclavo.

-Y en esa indefensión, todavía hay algo que en los trabajos llaman “El empleado del mes”.

-Es algo macabro y siniestro, yo diría más bien el más sometido del mes. Es terrible. Es una forma cínica de maltrato. El tiempo que estuve en Estados Unidos no vi que nadie sonriera en un McDonald´s: ni los clientes ni los trabajadores sonríen. Es el lugar más lumpen y deprimente, con gente gorda comiendo bajo una luz mortecina. En Latinoamérica nos tragamos el cuento de que había que sonreír y eso resulta más patético.

-¿Volverías a trabajar en una oficina?

-Espero que no, pero si tengo la necesidad lo voy a tener que hacer.

***

Diatribas contra el trabajo de Alejandro Hosne se presenta el domingo 25 de febrero a las 16:00 horas en el Auditorio Cinco, dentro de la 39 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, que se realizará del 22 de febrero al 5 de marzo.  

Reportero. Desde hace 14 años colabora en medios impresos y electrónicos en la Ciudad de México, en los que ha realizado coberturas de asuntos políticos, sociales y culturales.