d

The Point Newsletter

Sed ut perspiciatis unde omnis iste natus error.

Follow Point

Begin typing your search above and press return to search. Press Esc to cancel.

Los Ángeles, en la capital del país

Hay un lugar en la Ciudad de México donde un grupo de mexicanos siente la libertad de hablar en su idioma: el inglés.

Las calles alrededor del monumento a la Revolución, en la colonia Tabacalera, forman el incipiente barrio Little L.A. (El Pequeño Los Ángeles). Así lo llaman los mexicanos deportados de Estados Unidos, que cada vez se congregan más en esa zona de la delegación Cuauhtémoc.

“Pasa algo curioso: somos diferentes”, explica Israel Concha, deportado en 2014 y fundador de New Comienzos. En esta organización “apoyamos a los retornados con su reinserción a la sociedad mexicana. Pero hemos vivido dos culturas, la manera de pensar es distinta.”

Carlos Martínez es uno de los expatriados por Donald Trump. Hace dos meses que lo expulsaron, después de vivir en Estados Unidos 22 años, y no ve la hora de regresar. Siempre sonríe, incluso cuando confiesa: “Me siento derrumbado, desesperado, desahuciado, vulnerable”. No sigue, quizá, porque no recuerda más palabras en español.

La sede de New Comienzos se encuentra en la Plaza de la República, donde está el monumento a la Revolución. A unas cuadras de ahí, Francisco Hernández Huerta se esmera en arreglar una barba. De 2 de la tarde a 8 de la noche trabaja en la peluquería Alameda; antes, de 6 de la mañana a la 1, en un centro de llamadas internacionales de atención al cliente o call center. Llegó de Chicago en 2017.

Hasta Little L.A. llega también José María Gutiérrez Méndez, un joven que tuvo que vivir en las calles capitalinas tras ser expulsado de Estados Unidos. Hace seis meses que lo regresaron a México. “Es una pesadilla”, advierte.

Ángel Alberto Torres García tiene 20 años y fue deportado de Estados Unidos hace 9 años. Labora en un Call center de la Ciudad de México donde son empleados migrantes deportados de Estados Unidos por su facilidad con el idioma inglés. Little L.A. Ciudad de México. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

Más arrestos con Trump

Más de 156 mil mexicanos fueron deportados de Estados Unidos en 2017. Mientras que en 2016, cuando aún gobernaba Barack Obama, se reportaron más de 209 mil casos, refirió a la prensa la directora del programa Somos Mexicanos, Gabriela García Acoltzi.

Sin embargo, del 20 de enero al 30 de septiembre de 2017 se realizaron 110 mil 568 detenciones de indocumentados, según el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). Es decir, 42 por ciento más que en el mismo periodo de 2016, cuando se ejecutaron más de 77 mil, señala la activista. 

Trump “está deportando a gente que tenía una vida hecha en aquel país, no a los que van llegando a la frontera”, explica Israel Concha. Y en México, “el presidente Enrique Peña Nieto ofreció apoyarnos y no ha cumplido. Nos sentimos engañados”.

A los dos años de edad, José María Gutiérrez Méndez fue llevado por su madre de la ciudad de Oaxaca a California. “Era de noche cuando nos escapamos de la casa de mi papá, de sus maltratos”, cuenta a casi dos décadas de la fuga.

Se asentaron en Seaside. Su desempeño en el fútbol americano le hizo ganar una beca en la Arizona High School, una de las mejores secundarias de EU a nivel académico y deportivo. Pero sus malas notas le impidieron acceder a la subvención.

“No culpo a nadie, todo es culpa de José María. De ahí todo se vino abajo y comencé a tomar más, y con las drogas”. No tardó en meterse en problemas con la ley, aunque prefiere no especificar cuáles. “Pero por eso me deportaron”.

Sin dinero ni con quién acudir, pernoctaba en las calles. Una mujer lo contactó con New Comienzos, que le consiguió un hogar temporal; la empresa Hola Code lo capacitará en programación y luego le buscará un empleo. Sin embargo, aún se siente afectado. “Estoy en un país diferente, no sé qué puedo hacer”.

–¿Piensas regresar?

–Sí. Lo voy a hacer.

Oferta labora y educativa para migrantes deportados de Estados Unidos de vuelta en México. Colonia Tabacalera. Little L.A. Ciudad de México. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

Little L.A.

En verdad es pequeño, pero crece a medida que llegan más repatriados. Frente a la Plaza de la República, entre las calles Ponciano Arriaga y José María Iglesias, está el call center TeleTech, en el que trabajan muchos binacionales.

A dos cuadras, por la avenida Insurgentes, y a dos al norte, al metro Revolución. En esa zona hay un casino y el reinaugurado Frontón México, además de bares y restaurantes. Afuera de las instalaciones de TeleTech es común escuchar a jóvenes platicando en inglés y español. Muchos de ellos suelen ir a la peluquería Alameda, que también se llama Flow Barber Shop. Edwin Malagón, otro deportado, abrió ese negocio en la calle Ignacio Mariscal. Ahí trabaja Francisco Hernández, de 35 años.

Cuando Francisco tenía 10 años y su hermano siete, su madre se los llevó a la Unión Americana. “Mi papá ya nos esperaba allá”, narra en un breve descanso entre tantos clientes. Intentaron cruzar dos veces, pero los detuvieron. A la tercera, lo lograron. Lo que más recuerda de esos días es ver a los polleros desnudar a su madre. “Le chequearon las partes íntimas para ver si tenía dinero”, dice, y traga saliva.

Vivían en Chicago. El padre de Francisco era jardinero y su mamá trabajaba en una fábrica de dulces. Sin embargo, cuenta, en ocasiones “comíamos sólo una sopa en todo el día porque la migra iba a la fábrica y entonces no podía asistir y se quedaba sin paga”. La realidad de ser indocumentado le llegó cuando quiso ir a la universidad para estudiar medicina. “La colegiatura era excesiva y, para los que no teníamos papeles”, no había becas. “Agarré coraje y me metí a las pandillas. Empecé a tomar, a usar drogas, cargaba pistola, robaba. Hacía cosas de las que luego me arrepentía”.

Se alejó de ese ambiente cuando su novia esperaba a su primer hijo. “Pero mi hermano menor siguió mis pasos”, lamenta. Por el delito de homicidio, “mi brother fue condenado a 20 años de prisión” cuando era un adolescente de 16.

A Francisco le comenzaba a ir mejor: había iniciado una pequeña empresa de jardinería. Pero le ganó la ambición, como él dice, y se involucró de nuevo en negocios de droga. Por ello fue encarcelado y luego deportado en junio de 2017.

Ahora, irónicamente, envía dinero desde México a Estados Unidos para la manutención de sus hijos. “En cuatro años saldrá mi hermano de la cárcel, y lo van a deportar. Quiero tener qué ofrecerle, que aquí puede tener otra oportunidad”.

Francisco Hernández labora por la mañanas en un call center y por la tardes en una peluquería de la colonia Tabacalera en la Ciudad de México. Fue deportado de Estados Unidos, donde dejó 5 hijos varones y una niña. Little L.A. Ciudad de México. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

Por un coche descompuesto

Carlos Martínez no está buscando empleo. Decidió concentrar su energía en regresar a Estados Unidos. Sus padres se lo llevaron a Baltimore a los 14 años, ahora tiene 36 años.

Vaya que en su vida ha habido cambios. En 2002, después de “vivir el sueño americano”, él y su familia perdieron todo “por un mal negocio”. Invirtieron en un edificio que albergaría la discoteca, el billar y el restaurante que poseían, pero el inmueble tenía deudas. Así que el gobierno les embargó cuentas bancarias y propiedades.

Luego se mudaron a McAllen, Texas, y ahí su mala fortuna siguió. Su auto presentó una falla, así que se detuvo en el primer lugar que pudo. Un policía iba a infraccionarlo, pero al descubrir que no tenía licencia de conducir –como muchos indocumentados–, lo puso en manos de los servicios migratorios.

“Y así es como llegué aquí”, dice con una sonrisa y la mirada triste. “Amo a mi México, pero aquí las autoridades no te ayudan y no hay muchas oportunidades”. Ha padecido la burocracia, lo que aviva su deseo de regresar.

“En McAllen conocí a muchos coyotes. Allá hay muchos. Ando buscando a uno que me dé confianza. Y en cuanto pueda, diré: Good bye, México. Aquí no veo futuro”. 

Periodista ambulante. Me interesa compartir las voces que tienen que ser escuchadas. La única contradicción que no hay en mí es ser huasteca y chilanga.