d

The Point Newsletter

Sed ut perspiciatis unde omnis iste natus error.

Follow Point

Begin typing your search above and press return to search. Press Esc to cancel.

Ojos para volar

Frente a decenas de fotoperiodistas, dos grandes maestros de la fotografía se funden en un abrazo. José Hernández-Claire aparece en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) para rendirle honores a María Graciela del Carmen Iturbide Guerra, conocida profesionalmente como Graciela Iturbide. El hecho ocurre la tarde del domingo 3 de diciembre, en la Expo Guadalajara. Iturbide es la figura principal en el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez.

En la línea de fuego sólo se escucha el disparo de los flashazos de todos los fotógrafos que captan el instante. Un rayo de luz incesante revienta por todos lados e invade el salón “Juan Rulfo” de la FIL. Del pelotón de hombres “armados” con cámaras nadie se mueve. Ninguno pretende interponerse entre Iturbide y Hernández-Claire. Graciela aclara: “Les agradezco mucho que no hayan interrumpido el encuentro. Hernández-Claire es mi gran amigo y lo admiro mucho”.

Así habla la experta de la lente en México y Latinoamérica. Esa mujer que cientos de veces ha oprimido un botón para plasmar historias completas con una sola imagen. Una profesional que, dice, ella escoge sus protagonistas.

La fotógrafa revela uno de sus más grandes secretos en el trabajo profesional: “Yo tengo que tener complicidad con las personas que fotografío. Cuando voy a las comunidades (en México y en el mundo), yo me presento con mi cámara, pero si veo que alguna de las personas no le gusta que las fotografíe, entonces no lo hago”.

Para sorpresa de algunos de los presentes, aclara: “Jamás uso telefoto”, e insiste, “eso sí, tengo que contar con esa complicidad con ellos (sus elegidos para ser fotografiados)”.

Al cierre de la 31 edición de la FIL, con sus 75 años de vida, Iturbide se ve sorprendida ante la cantidad de personas que acuden a esa ceremonia. Una banda negra cruza entre su rostro y su cabellera. La mujer expresa pocas palabras. Parece asustada ante la convocatoria que logra. El auditorio luce repleto de admiradores y fotógrafos.

Quieren escucharla. En primera fila están Raúl Padilla, el presidente de la FIL y el rector de la Universidad de Guadalajara, Tonatiuh Bravo Padilla.

Iturbide y sus amigos montan un improvisado diálogo sobre el trabajo de la fotoperiodista y del desarrollo de los diferentes portafolios que ha logrado integrar en el trote por diferentes partes del mundo y en los lugares más apartados de México. Ahí están junto a Graciela los escritores Roberto Tejeda, María Baranda y el periodista Julio Patán, en calidad de moderador.

Ellos promueven una desordenada mesa de diálogo sobre la vida y obra de Iturbide, según reconoce Julio Patán, luego de que Graciela recibe de los organizadores de la FIL el galardón Fernando Benítez.

Para Graciela, 2017 fue un año de éxitos y tropiezos. Por el mes de mayo la profesionista estaba convocada para acudir al municipio de San Gabriel a recibir un homenaje en el marco del centenario del natalicio de Juan Rulfo, por parte de la organización civil Rostros del Llano, pero antes del 16 de mayo sufrió una caída y se fracturó una de sus extremidades. Quedó fuera “de combate” por un rato, según reconoce.

Después, en agosto, antes de estar en la FIL, acudió al estado de Oaxaca a recibir un reconocimiento por su trabajo, y también tuvo otra caída, pero el incidente no la detuvo; fue homenajeada por las fotografías logradas en ese territorio, en las que destaca Las mujeres de Juchitán.

“¿Cómo olvidar aquella imagen que le dio la vuelta al mundo, esa fotografía de La mujer de las iguanas?”, refiere María Baranda.

“Todo en sus fotos es un retrato de quienes somos nosotros (como mexicanos). Ella capta a los que viven en el monte, en el río; a aquellos que se resisten a ser alguien nada más, o se reflejan en un espejo, en el poderío de su imagen. Todos ellos, quienes son (o forman parte de) un episodio o acontecimiento de un sitio único, o la réplica de un familiar”, son (las imágenes) que busca Graciela, asegura Baranda.

Juan Leobardo con su gallo. San Isidro, 2016. Foto: Graciela Iturbide

En otra parte de su mensaje, Baranda habla de los personajes captados a través de la lente de Graciela Iturbide y los describe: “Son los que entonan las elegías en el vacío, los que son boca del miedo, del silencio…, pasando como fantasmas de tierra atardecida y sonríen como parte de un conjuro o de un rezo polvoriento”, dice.

Con la foto de Graciela hay que acercarse a lo más hondo de todos, “sin pedir razones, sin juzgar lo diferente o lo inescrutable. La fotógrafa se aproxima desde su inteligencia, con un registro afectivo, a las personas con las que se encuentra, a las que conoce, con las que habla o convive”.

La escritora Baranda sentencia: “Graciela cobija a todo el que posa para ella, al que cruza su trayecto. Su foto capta en ese sutil instante de pertenencia, porque estar en la imagen significa ser parte del tiempo fijo y silencioso. El cuerpo se fragmenta: pies, manos, ojos, boca, dispuestos a abrirse en una carcajada suelta. Cuerpos desnudos o cubiertos con simples prendas que ocupan esa dura forma del vacío. Cuerpos en la que van a la iglesia; los que cargan el féretro de un familiar ya muerto; los que se envuelven en banderas o los que bailan y cantan en sus estas. Su ojo es el de la bondad”.

En charla con Punto Rojo, Iturbide Guerra reconoce que antes de ser atrapada por el amor a la fotografía, fue estudiante de cinematografía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Recuerda que fue alumna del maestro Manuel Álvarez Bravo, apasionada del paisaje del llano grande, ubicado en el estado de Jalisco, el mismo que el escritor Juan Rulfo describe en su obra como El llano en llamas.

“Yo guardo un profundo aprecio por Juan Rulfo, admiro tanto a Rulfo que no quiero meter la pata al hacer referencia a sus obras”, dice a manera de broma. Coincidentemente, la fotógrafa nació el mismo día que vio la luz Juan Rulfo, el 16 de mayo, pero de 1942.

El señor de los pájaros, 1984. Foto: Graciela Iturbide

El señor de los pájaros, 1984. Foto: Graciela Iturbide

Habla de su encuentro con el mundo del escritor jalisciense y de algo del trabajo que como fotógrafa le ha tocado hacer en el paraje rulfiano. Recuerda que en el mes de mayo ella había sido convocada para asistir a ser reconocida por las autoridades y la comunidad de San Gabriel, en el marco del centenario del natalicio de Juan Rulfo.

“No pude asistir, no pude estar en esta tierra de Jalisco. Me caí y estuve mal; estoy operada del tobillo, del pie, de la oreja, y no pude”.

Para Osvaldo Ruiz, uno de los colaboradores de Graciela, la fotógrafa es muy divertida. Además, “su humor es muy afilado y es sumamente observadora, no sólo de los aspectos visuales. Ella observa muy bien los comportamientos y la forma en que se conducen las personas. Tiene un ojo muy agudo y crítico en la toma de imagen”.

Ruiz comenta que este año Graciela tuvo un par de accidentes: “Ella es una persona muy fuerte y de gran resistencia al dolor, además de que su profesionalismo la hace continuar con el trabajo aunque se sienta mal. Recuerdo que en agosto fuimos a hacer una sesión de trabajo a Oaxaca con la diseñadora de Dior, María Grazia Chiuri”.

Graciela “había tenido una caída, y aunque el dolor era fuerte decidió continuar con todo lo planeado para la sesión. Fue muy difícil, pero a la vez ella estuvo muy activa y ágil todo el tiempo. La sesión se llevó muy bien y las fotos resultaron increíbles; se publicarán en Estados Unidos este diciembre.”

Al regresar de la sesión de Oaxaca, Iturbide se tomó una radiografía y se dio cuenta que tenía una fractura de rótula.

A ella le fascina la historia del México antiguo, está obsesionada con Malintzin, a quien –asegura– se le llama erróneamente La Malinche, pues Malinche es el hombre de Malintzin, Malinche es Hernán Cortés. Esta historia la cuenta mucho, relata su colaborador.

“También cuenta la historia de la mujer de Malinalco, Malinalxóchitl, y de cómo cuando según las leyendas queda embarazada por medio de una pluma de ave, ella nota el gran pare- cido con las historias sagradas de la concepción en el cristianismo. Otra historia que le gusta mucho contar es de cómo los campesinos indígenas entierran a sus santos cristianos de cabeza en las milpas, al igual que hacían antes de la llegada de los españoles con sus ídolos precolombinos, y de cómo se ha mantenido esta tradición, de la fuerza que tiene el sincretismo religioso en estas latitudes”.

Duelo, Chiapas, 1975. Foto: Graciela Iturbide

Duelo, Chiapas, 1975. Foto: Graciela Iturbide

Osvaldo Ruiz habla de la visita a la tierra de Juan Rulfo: “Fuimos a Jalisco para hacer retratos de los campesi- nos del ejido del San Isidro, en San Gabriel. Ellos están defendiendo las tierras que les arrebataron. Cuando llegamos, Graciela estaba leyendo otra vez El llano en llamas, de Rulfo.”

Graciela se inspiró mucho en la imagen del cuento Nos han dado la tierra, el relato de un hombre que de repente, mientras van caminando, saca de entre su gabán una gallina que no había querido dejar sola.

“Además de hacer los retratos de la gente trabajando su tierra, se em- peñó en sacar una fotografía como alegoría de aquel pasaje del libro. Cuando pudo conseguir al hombre que debajo de su gabán sacaría una gallina, salió un rayo de sol que le iluminó la cara, fue muy un momento sumamente especial para ella y para nosotros”.

Por su parte, la escritora María Baranda asegura que Graciela Iturbide lo mismo ve lagartos, culebras, iguanas, cabras, gallos o sombras protegidas en su penumbra. La misma Iturbide recuera que en el caso de la mujer retratada en Juchitán con varias iguanas sobre su cabeza, “yo lo único que le pedía es por favor no se las quite, déjeme fotogra arla, le dije, porque yo necesito complicidad en todos los casos”.

Habla del momento en que tuvo la oportunidad de fotografiar el baño de Frida Kahlo, que para ella reflejaba un baño que simbolizaba “el dar”.

Elotes. San Isidro, 2016. Foto: Graciela Iturbide

Iturbide reconoce que existe una imagen que le atormenta. Habla del rostro de un cadáver localizado al interior de un cementerio, con una parte de la cara carcomida hasta el hueso por los pájaros. Admite que la gran impresión que le causó esa escena marcó su carrera profesional.

“Tuve una experiencia rara con los pájaros. Yo estaba retratando a un angelito…, y un día iba un señor (el padre) que cargaba el ataúd (de su hijo), acompañado por su familia, y le pedí permiso de fotografiar. Lo empecé a seguir, caminando al interior de un camposanto, y de repente lo veo como asustado y trato de descubrir el porqué de su reacción, y entonces observo que en medio del camino hay un cuerpo que en la parte del rostro es mitad calavera y mitad hombre, y me impresionó profundamente”, recuerda.

“Luego pensé: ¿cómo?, ¿lo desenterraron?, ¿por qué lo abandonaron o cómo llegó ahí y qué le pasó en su rostro? Mis interrogantes quedaron al aire. Pero por respeto seguí caminando junto al hombre del angelito, hasta que lo enterraron, y vi que en el cielo había miles de pájaros, y ahí me di cuenta de que eran los pájaros de la muerte”.

Asegura que buscó sus propias formas para superar esa visión: “Empecé a superar esa fase y a fotografiar los pájaros en vuelo o las aves de la libertad”.

La entrevistada reconoce que sus “grandes maestros son Manuel Álvarez Bravo y Mathias Goeritz, pero también son Joseph Koudelka, y muchos otros fotógrafos que constantemente veo y me influencian en mi trabajo, como Robert Frank y Francesca Woodman”.

El más reciente libro de Graciela Iturbide es Yo también estuve en Avándaro, una edición sustentada en las imágenes captadas por la fotoperiodista en la década de los setenta y conservadas en rollos tradicionales, por más de 40 años, en los archivos de su estudio. Fue editado por Trilce Ediciones, la UNAM y el Fondo Editorial del Estado de México, con un texto de Federico Rubli y el prólogo del Luis de Llano.

Avándaro, ubicado en el Estado de México, fue el lugar en donde se desarrolló el histórico concierto de rock organizado entre el 11 y 12 de septiembre de 1971, y que fue considerado por las “buenas conciencias” como una bacanal de sexo y droga, pero que con el paso del tiempo se convirtió en referente de libertad para la juventud y la sociedad.

Un perro en la plaza. San Isidro, 2016. Foto: Graciela Iturbide

Frente a decenas de fotoperiodistas, dos grandes maestros de la fotografía se funden en un abrazo. José Hernández-Claire aparece en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) para rendirle honores a María Graciela del Carmen Iturbide Guerra, conocida profesionalmente como Graciela Iturbide. El hecho ocurre la tarde del domingo 3 de diciembre, en la Expo Guadalajara. Iturbide es la figura principal en el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez.

En la línea de fuego sólo se escucha el disparo de los flashazos de todos los fotógrafos que captan el instante. Un rayo de luz incesante revienta por todos lados e invade el salón “Juan Rulfo” de la FIL. Del pelotón de hombres “armados” con cámaras nadie se mueve. Ninguno pretende interponerse entre Iturbide y Hernández-Claire. Graciela aclara: “Les agradezco mucho que no hayan interrumpido el encuentro. Hernández-Claire es mi gran amigo y lo admiro mucho”.

Así habla la experta de la lente en México y Latinoamérica. Esa mujer que cientos de veces ha oprimido un botón para plasmar historias completas con una sola imagen. Una profesional que, dice, ella escoge sus protagonistas.

La fotógrafa revela uno de sus más grandes secretos en el trabajo profesional: “Yo tengo que tener complicidad con las personas que fotografío. Cuando voy a las comunidades (en México y en el mundo), yo me presento con mi cámara, pero si veo que alguna de las personas no le gusta que las fotografíe, entonces no lo hago”.

Para sorpresa de algunos de los presentes, aclara: “Jamás uso telefoto”, e insiste, “eso sí, tengo que contar con esa complicidad con ellos (sus elegidos para ser fotografiados)”.

Al cierre de la 31 edición de la FIL, con sus 75 años de vida, Iturbide se ve sorprendida ante la cantidad de personas que acuden a esa ceremonia. Una banda negra cruza entre su rostro y su cabellera. La mujer expresa pocas palabras. Parece asustada ante la convocatoria que logra. El auditorio luce repleto de admiradores y fotógrafos.

Don José y su milpa. San Isidro, 2016. Foto: Graciela Iturbide

Quieren escucharla. En primera fila están Raúl Padilla, el presidente de la FIL y el rector de la Universidad de Guadalajara, Tonatiuh Bravo Padilla.

Iturbide y sus amigos montan un improvisado diálogo sobre el trabajo de la fotoperiodista y del desarrollo de los diferentes portafolios que ha logrado integrar en el trote por diferentes partes del mundo y en los lugares más apartados de México. Ahí están junto a Graciela los escritores Roberto Tejeda, María Baranda y el periodista Julio Patán, en calidad de moderador.

Ellos promueven una desordenada mesa de diálogo sobre la vida y obra de Iturbide, según reconoce Julio Patán, luego de que Graciela recibe de los organizadores de la FIL el galardón Fernando Benítez.

Para Graciela, 2017 fue un año de éxitos y tropiezos. Por el mes de mayo la profesionista estaba convocada para acudir al municipio de San Gabriel a recibir un homenaje en el marco del centenario del natalicio de Juan Rulfo, por parte de la organización civil Rostros del Llano, pero antes del 16 de mayo sufrió una caída y se fracturó una de sus extremidades. Quedó fuera “de combate” por un rato, según reconoce.

Después, en agosto, antes de estar en la FIL, acudió al estado de Oaxaca a recibir un reconocimiento por su trabajo, y también tuvo otra caída, pero el incidente no la detuvo; fue homenajeada por las fotografías logradas en ese territorio, en las que destaca Las mujeres de Juchitán.

“¿Cómo olvidar aquella imagen que le dio la vuelta al mundo, esa fotografía de La mujer de las iguanas?”, refiere María Baranda.

“Todo en sus fotos es un retrato de quienes somos nosotros (como mexicanos). Ella capta a los que viven en el monte, en el río; a aquellos que se resisten a ser alguien nada más, o se reflejan en un espejo, en el poderío de su imagen. Todos ellos, quienes son (o forman parte de) un episodio o acontecimiento de un sitio único, o la réplica de un familiar”, son (las imágenes) que busca Graciela, asegura Baranda.

En otra parte de su mensaje, Baranda habla de los personajes captados a través de la lente de Graciela Iturbide y los describe: “Son los que entonan las elegías en el vacío, los que son boca del miedo, del silencio…, pasando como fantasmas de tierra atardecida y sonríen como parte de un conjuro o de un rezo polvoriento”, dice.

Con la foto de Graciela hay que acercarse a lo más hondo de todos, “sin pedir razones, sin juzgar lo diferente o lo inescrutable. La fotógrafa se aproxima desde su inteligencia, con un registro afectivo, a las personas con las que se encuentra, a las que conoce, con las que habla o convive”.

Primer día de verano, 1982. Foto: Graciela Iturbide

La escritora Baranda sentencia: “Graciela cobija a todo el que posa para ella, al que cruza su trayecto. Su foto capta en ese sutil instante de pertenencia, porque estar en la imagen significa ser parte del tiempo fijo y silencioso. El cuerpo se fragmenta: pies, manos, ojos, boca, dispuestos a abrirse en una carcajada suelta. Cuerpos desnudos o cubiertos con simples prendas que ocupan esa dura forma del vacío. Cuerpos en la que van a la iglesia; los que cargan el féretro de un familiar ya muerto; los que se envuelven en banderas o los que bailan y cantan en sus estas. Su ojo es el de la bondad”.

En charla con Punto Rojo, Iturbide Guerra reconoce que antes de ser atrapada por el amor a la fotografía, fue estudiante de cinematografía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Recuerda que fue alumna del maestro Manuel Álvarez Bravo, apasionada del paisaje del llano grande, ubicado en el estado de Jalisco, el mismo que el escritor Juan Rulfo describe en su obra como El llano en llamas.

“Yo guardo un profundo aprecio por Juan Rulfo, admiro tanto a Rulfo que no quiero meter la pata al hacer referencia a sus obras”, dice a manera de broma. Coincidentemente, la fotógrafa nació el mismo día que vio la luz Juan Rulfo, el 16 de mayo, pero de 1942.

Habla de su encuentro con el mundo del escritor jalisciense y de algo del trabajo que como fotógrafa le ha tocado hacer en el paraje rulfiano. Recuerda que en el mes de mayo ella había sido convocada para asistir a ser reconocida por las autoridades y la comunidad de San Gabriel, en el marco del centenario del natalicio de Juan Rulfo.

“No pude asistir, no pude estar en esta tierra de Jalisco. Me caí y estuve mal; estoy operada del tobillo, del pie, de la oreja, y no pude”.

Para Osvaldo Ruiz, uno de los colaboradores de Graciela, la fotógrafa es muy divertida. Además, “su humor es muy afilado y es sumamente observadora, no sólo de los aspectos visuales. Ella observa muy bien los comportamientos y la forma en que se conducen las personas. Tiene un ojo muy agudo y crítico en la toma de imagen”.

Ruiz comenta que este año Graciela tuvo un par de accidentes: “Ella es una persona muy fuerte y de gran resistencia al dolor, además de que su profesionalismo la hace continuar con el trabajo aunque se sienta mal. Recuerdo que en agosto fuimos a hacer una sesión de trabajo a Oaxaca con la diseñadora de Dior, María Grazia Chiuri”.

Graciela “había tenido una caída, y aunque el dolor era fuerte decidió continuar con todo lo planeado para la sesión. Fue muy difícil, pero a la vez ella estuvo muy activa y ágil todo el tiempo. La sesión se llevó muy bien y las fotos resultaron increíbles; se publicarán en Estados Unidos este diciembre.”

Al regresar de la sesión de Oaxaca, Iturbide se tomó una radiografía y se dio cuenta que tenía una fractura de rótula.

A ella le fascina la historia del México antiguo, está obsesionada con Malintzin, a quien –asegura– se le llama erróneamente La Malinche, pues Malinche es el hombre de Malintzin, Malinche es Hernán Cortés. Esta historia la cuenta mucho, relata su colaborador.

“También cuenta la historia de la mujer de Malinalco, Malinalxóchitl, y de cómo cuando según las leyendas queda embarazada por medio de una pluma de ave, ella nota el gran pare- cido con las historias sagradas de la concepción en el cristianismo. Otra historia que le gusta mucho contar es de cómo los campesinos indígenas entierran a sus santos cristianos de cabeza en las milpas, al igual que hacían antes de la llegada de los españoles con sus ídolos precolombinos, y de cómo se ha mantenido esta tradición, de la fuerza que tiene el sincretismo religioso en estas latitudes”.

Osvaldo Ruiz habla de la visita a la tierra de Juan Rulfo: “Fuimos a Jalisco para hacer retratos de los campesi- nos del ejido del San Isidro, en San Gabriel. Ellos están defendiendo las tierras que les arrebataron. Cuando llegamos, Graciela estaba leyendo otra vez El llano en llamas, de Rulfo.”

Graciela se inspiró mucho en la imagen del cuento Nos han dado la tierra, el relato de un hombre que de repente, mientras van caminando, saca de entre su gabán una gallina que no había querido dejar sola.

“Además de hacer los retratos de la gente trabajando su tierra, se em- peñó en sacar una fotografía como alegoría de aquel pasaje del libro. Cuando pudo conseguir al hombre que debajo de su gabán sacaría una gallina, salió un rayo de sol que le iluminó la cara, fue muy un momento sumamente especial para ella y para nosotros”.

Por su parte, la escritora María Baranda asegura que Graciela Iturbide lo mismo ve lagartos, culebras, iguanas, cabras, gallos o sombras protegidas en su penumbra. La misma Iturbide recuera que en el caso de la mujer retratada en Juchitán con varias iguanas sobre su cabeza, “yo lo único que le pedía es por favor no se las quite, déjeme fotogra arla, le dije, porque yo necesito complicidad en todos los casos”.

Mujer ángel. Desierto de Sonora. 1979. Foto: Graciela Iturbide

Habla del momento en que tuvo la oportunidad de fotografiar el baño de Frida Kahlo, que para ella reflejaba un baño que simbolizaba “el dar”.

Iturbide reconoce que existe una imagen que le atormenta. Habla del rostro de un cadáver localizado al interior de un cementerio, con una parte de la cara carcomida hasta el hueso por los pájaros. Admite que la gran impresión que le causó esa escena marcó su carrera profesional.

“Tuve una experiencia rara con los pájaros. Yo estaba retratando a un angelito…, y un día iba un señor (el padre) que cargaba el ataúd (de su hijo), acompañado por su familia, y le pedí permiso de fotografiar. Lo empecé a seguir, caminando al interior de un camposanto, y de repente lo veo como asustado y trato de descubrir el porqué de su reacción, y entonces observo que en medio del camino hay un cuerpo que en la parte del rostro es mitad calavera y mitad hombre, y me impresionó profundamente”, recuerda.

“Luego pensé: ¿cómo?, ¿lo desenterraron?, ¿por qué lo abandonaron o cómo llegó ahí y qué le pasó en su rostro? Mis interrogantes quedaron al aire. Pero por respeto seguí caminando junto al hombre del angelito, hasta que lo enterraron, y vi que en el cielo había miles de pájaros, y ahí me di cuenta de que eran los pájaros de la muerte”.

Asegura que buscó sus propias formas para superar esa visión: “Empecé a superar esa fase y a fotografiar los pájaros en vuelo o las aves de la libertad”.

La entrevistada reconoce que sus “grandes maestros son Manuel Álvarez Bravo y Mathias Goeritz, pero también son Joseph Koudelka, y muchos otros fotógrafos que constantemente veo y me influencian en mi trabajo, como Robert Frank y Francesca Woodman”.

El más reciente libro de Graciela Iturbide es Yo también estuve en Avándaro, una edición sustentada en las imágenes captadas por la fotoperiodista en la década de los setenta y conservadas en rollos tradicionales, por más de 40 años, en los archivos de su estudio. Fue editado por Trilce Ediciones, la UNAM y el Fondo Editorial del Estado de México, con un texto de Federico Rubli y el prólogo del Luis de Llano.

Avándaro, ubicado en el Estado de México, fue el lugar en donde se desarrolló el histórico concierto de rock organizado entre el 11 y 12 de septiembre de 1971, y que fue considerado por las “buenas conciencias” como una bacanal de sexo y droga, pero que con el paso del tiempo se convirtió en referente de libertad para la juventud y la sociedad.

Comunicador, egresado de la Universidad de Guadalajara. Creyente de la teoría de la libre expresión y ateo de la filosofía de los partidos.