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Patrimonio artístico en peligro

Mientras que a algunos funcionarios y ex funcionarios públicos les ha dado dizque por querer enriquecer el patrimonio artístico de la comarca con arbitrarios y onerosos proyectos de presunto arte urbano, cuya calidad va de lo muy medianito a lo chafa sin atenuantes, varias obras de indudable valor estético, que desde hace generaciones forman parte del patrimonio cultural de los jaliscienses, han venido sufriendo graves daños, ante el descuido y la indolencia de nuestras autoridades (estatales, municipales y universitarias) que muy poco o nada hacen para ponerle remedio.

Los ejemplos de tan grave situación de descuido y abandono son casi incontables. Además de las numerosas fincas patrimoniales –que a gran escala se perdieron en el pasado y que en el presente siguen siendo víctimas de la indolencia dolosa y también de la picota e incluso de la corrupción–, no son escasas las obras escultóricas y pictóricas de mérito que han padecido tanto del vandalismo callejero como del abandono y el valemadrismo de las autoridades encargadas de cuidar nuestro patrimonio cultural.

Hace algunos años le fue mutilada una parte del brazo derecho a La Fortuna, la escultura en mármol de Carrara que data de la segunda mitad del siglo XIX y a la cual con pésimo tino a algún funcionario se le ocurrió colocar en la plaza Tapatía. Y ante ese vandálico e impune atentado al patrimonio artístico de la ciudad, al menos la administración de Francisco Ramírez Acuña (2001-2007) discurrió resguardar dicha obra, luego de someterla a un cuidadoso y profesional trabajo de restauración, en el foyer del teatro Degollado.

El caso más reciente del atentado al patrimonio artístico que se encuentra en la vía pública tal vez sea lo ocurrido hace apenas unas semanas, cuando fue desprendida y hurtada buena parte de la herrería en bronce que a principio de los años sesenta concibió el destacado pintor y escultor guanajuatense José Chávez Morado para enmarcar la estatua de Benito Juárez, una apreciable pieza escultórica que data también de fines del siglo XIX y la cual en los años sesenta fue reubicada en la plaza que es sede semanal del llamado Tianguis Cultural, enfrente del parque Agua Azul.

La obra le fue encomendada a José Atanasio Monroy por el gobernador Marcelino García Barragán. Foto: Luis Fernando Moreno.

Pero para colmo de males, no sólo piezas que se encuentran en calles y plazas públicas han sido víctimas tanto del vandalismo cometido por maleantes como del descuido y el abandono de funcionarios poco capaces. También se ha tenido que lamentar el grave deterioro de obras artísticas que, en teoría, deberían estar a buen resguardo dentro de bien vigilados edificios públicos, a salvo de cualquier tipo de daños. Sin embargo, en la práctica muchas de esas obras han padecido y siguen padeciendo las consecuencias de indolentes “servidores públicos”, quienes podrían pasar por muchas cosas, pero no precisamente por defensores de los intereses de la sociedad.

La esquizofrenia como otra de las Bellas Artes

Un ejemplo de lo anterior son los murales de la antigua Escuela Vocacional, edificación que desde principios de los años noventa fue convertida en la sede la rectoría del Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías (CUCEI) de la Universidad de Guadalajara y más recientemente también como una de las sucursales del Proulex, empresa parauniversitaria que se dedica a la enseñanza de idiomas. Esos deteriorados murales datan de mediados de los años cuarenta y son una de las obras más logradas del destacado pintor jalisciense José Atanasio Monroy (1909-2001), quien cronológicamente pertenece a la segunda generación del muralismo mexicano, al lado del también jalisciense Guillermo González Camarena, del capitalino Juan O’Gorman, del michoacano Alfredo Zalce y del ya referido José Chávez Morado.

La realización de esos murales –de muy buena factura formal y cuya temática es una alegoría de las desigualdades sociales que suscitaron la Revolución Mexicana, así como de la obra constructiva y las reivindicaciones sociales de la misma– le fue encomendada a José Atanasio Monroy por el gobernador Marcelino García Barragán. Vale decir que durante el cuatrienio inconcluso del general García Barragán (1943-1946), éste dotó a la UdeG, en el oriente de Guadalajara, sobre el camino a Tlaquepaque, de una reserva territorial de alrededor de ochenta hectáreas, a fin de que la casa de estudios pudiera abrir el magnífico campus extramuros que durante muchos años fue conocido como Instituto Tecnológico. Y entre los planteles escolares que fueron sembrados en dicho campus estuvo precisamente la Escuela Vocacional, que no bien había sido terminada su construcción cuando se invitó a Monroy a pintar los muros de acceso del inmueble, incluidos los de la escalera.

La temática es una alegoría de las desigualdades sociales que suscitaron la Revolución Mexicana, así como de la obra constructiva y las reivindicaciones sociales de la misma. Foto: Luis Fernando Moreno.

Pero con la salida súbita de García Barragán de la gubernatura –hacia finales de 1946 fue desaforado por el Congreso del Estado por negarse a publicar en el Periódico Oficial la resolución de la mayoría de los diputados locales que autorizaba al gobernador electo Jesús González Gallo a ocupar el máximo cargo de la entidad por seis años y no durante los cuatro para los que había sido elegido– vino la falta de apoyo presupuestal para el proyecto muralístico de Monroy, así como una serie de presiones (tanto de parte de influyentes grupos conservadores de Guadalajara como de un conocido diario) que acusaban al artista de estar pintando murales de contenido anticlerical y, de pasada, la acusación también alcanzaba a las autoridades de la UdeG de ese momento por alentar y patrocinar una obra que, según sus desafectos, era “ofensiva” a los sentimientos y creencias de la sociedad jalisciense.

Con un gobierno conservador como el de González Gallo (1947-1953) y con un par de administraciones universitarias que no eran precisamente afectas al credo ideológico de la Revolución Mexicana (la del doctor Luis Farah y la del ingeniero Jorge Matute), de muy poco le sirvió a Monroy la carta de apoyo que firmaron en su favor José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, por lo que el pintor autlense avecindado en la capital del país se vio obligado a suspender su proyecto muralístico, el cual sólo pudo retomar y concluir un cuarto de siglo después, durante el breve rectorado de José Parres Arias (1971-1973), quien en su juventud se había distinguido como un apreciable pintor en la Guadalajara de la década de los treinta y cuarenta.

Con el paso de los años, mientras a Monroy le ocurrieron sucesos desafortunados y también algunos felices, a sus murales de la Vocacional sólo les llegaron desventuras. En 1990 al pintor le sobrevino un ataque de hemiplejia, que provocó la inmovilidad del costado derecho, obligándolo a tener que aprender a pintar con la mano izquierda. Y nueve años después, todavía en vida del artista, el Centro Universitario de la Costa Sur (CUCSUR) de la UdeG, con sede precisamente en Autlán, instituyó el Premio de Pintura José Atanasio Monroy.

El pintor autlense avecindado en la capital del país se vio obligado a suspender su proyecto muralístico, el cual sólo pudo retomar y concluir un cuarto de siglo después, durante el breve rectorado de José Parres Arias (1971-1973). Foto: Luis Fernando Moreno.

Sin embargo y no obstante la institución de ese premio (inicialmente anual y luego bienal) en honor del destacado pintor jalisciense, dicho homenaje se ha visto deslucido y aun contradicho por el franco abandono en que las mismas autoridades de la UdeG tienen a los murales de la antigua Vocacional, hasta el extremo en que hay partes de la obra que ya están desaparecidas, sin que la rectoría del CUCEI o ese membrete llamado pomposamente Cultura UdeG hayan hecho algo para restaurar y poner en valor esa obra que, mal que les pese a quienes han dirigido los destinos de la universidad pública de Jalisco en los años recientes, no sólo forma parte del patrimonio artístico de esa casa de estudios, sino del patrimonio cultural de todos los jaliscienses. Con esta actitud contradictoria de algunos funcionarios udegeístas, la esquizofrenia bien podría ser promovida como otra de las bellas artes. 

Cronista, periodista y académico universitario. Ha publicado Oblatos-Colonias: andanzas tapatías, (2001 y 2013), ¡Ai pinchemente: teoría del tapatío (2011) y El Llano Grande: un recorrido por el territorio rulfiano (2017).