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Rosalina Díaz, un feminicidio más

Temascalcingo, Estado de México. El río Lerma, que ha devuelto los cuerpos de tantas mujeres desaparecidas y asesinadas en el Estado de México, trajo también los posibles restos de Rosalina Díaz de la Cruz en enero de 2017.

“Lo más seguro es que esta mujer –de 40 años, madre de cuatro hijos y con tres nietos–, se haya ido con el novio”, dijo un funcionario municipal cuando le fue reportada la desaparición un mes antes. Su consejo fue esperar a que se le pasara el idilio, ella sola volvería sana y salva.

En la investigación del asesinato de Díaz de la Cruz, trabajadora del hogar, “hay una cadena de negligencias de las autoridades que contribuyeron a ese desenlace”, considera Adrián Ramírez, presidente de la Liga Mexicana por la Defensa de los Derechos Humanos (LIMEDDH).

Testimonios y datos del expediente permiten reconstruir parte de esta historia en la que hay un detenido. La Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGJEM) lo culpa de acosar a su víctima y, finalmente, de matarla con la ayuda de por lo menos otra  persona. En los próximos meses el imputado será llevado a juicio por el delito de feminicidio.

La historia de una vida

Rosalina Díaz de la Cruz nació y creció en este municipio de poco más de 63 mil habitantes. Fue la menor de nueve hermanos. Risueña y platicadora, no era raro que se hiciera amiga de quien se sentara junto a ella en el camión. Le gustaba bailar, aunque acudía a pocas reuniones. Amaba a sus hijos, pero sus nietos eran lo más importante para ella. Disfrutaba mucho tejer y bordar servilletas, tenía decenas.

Rosalina tuvo cuatro hijos y para sacarlos adelante era trabajadora del hogar en Lomas de Santa Fe, en la Ciudad de México. Vivía allí dos semanas y después, viajaba por un fin de semana para visitar su casa en Temascalcingo, a unos 150 kilómetros. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

A los 16 años se enamoró de un adolescente de su misma edad. Se fueron a vivir juntos y después de un año tuvieron a su primer hijo, luego a otros tres. El tiempo que la pareja estuvo junta, sin embargo, fue intermitente, pues él se fue varias veces a trabajar a Estados Unidos hasta que en una de esas ya no regresó. Al principio él le enviaba dinero, pero poco a poco dejó de hacerlo. Entonces ella comenzó a vender servilletas y trabajar en otros empleos.

La población de Temascalcingo tiene carencias: 30 por ciento en alimentación y 65 por ciento en servicios básicos de sus viviendas, como drenaje, agua entubada o electricidad, según la Secretaría de Desarrollo Social. Así que, para sacar adelante a su familia, aceptó un empleo como trabajadora del hogar en la Ciudad de México.

La casa en la que laboraba se ubica en Lomas de Santa Fe, en el poniente de la capital. Hacía todas las tareas de limpieza y preparaba los alimentos para una familia de tres integrantes. Vivía ahí durante dos semanas y al cabo de ese periodo, los viernes, a más tardar los sábados, viajaba de regreso a su casa, a unos 150 kilómetros. Los lunes volvía a su empleo.

Estaba inscrita en Prospera, programa social del gobierno federal para la gente en pobreza. En las reuniones obligatorias de beneficiarios conoció a varias personas, entre ellas a Antonio. Él le contó que era viudo y que trabajaba como albañil. Un día Rosalina recibió una llamada de este hombre. Le preguntó cómo había obtenido su número de celular. “Cuando algo me interesa, no descanso hasta obtenerlo”, le respondió.

A partir de ahí el hombre comenzó a llamarle e insistirle que quería “sacarla de trabajar” y llevarla a la casa que tenía en Temascales, un poblado de la región, en los límites del Estado de México y Michoacán. Eso sí, ella ya no podría salir, pues a él no le gustaba que las mujeres anduvieran de aquí para allá. En mensajes le decía que se veía muy bonita con sus nietos, o que la había esperado en el mercado. Rosalina sospechó que Antonio la espiaba.

El viernes 2 de diciembre de 2016 Rosalina salió de su trabajo  a las 12:39 del día. Las cámaras de vigilancia de la casa donde laboraba lo confirman. Es la última imagen que se tiene de ella: su piel morena, que combina con la sudadera rosa, su fleco sobre la frente, su complexión menuda.

Cerca de la una de la tarde, Rosalina respondió la llamada de un familiar y le informó que iba saliendo de Santa Fe. Y esta fue la última vez que la escucharon, después ya no contestó el celular. Fue una noche larga.

Al día siguiente consiguieron el teléfono de la familia que la empleaba y llamaron. No estaba ahí, había salido el viernes, les dijeron.

Según videos de la central de autobuses de Observatorio, donde Rosalina abordaba un transporte público de la línea Pegasso para viajar a Temascalcingos, ella nunca llegó ahí. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

Ese sábado 3 de diciembre el barrio donde vivía Rosalina, a unos 15 minutos en auto del centro de Temascalcingo, se preparaba para la celebración a la Virgen de la Inmaculada Concepción, en su advocación por las ánimas. De esto último toma el nombre su comunidad: Las Ánimas, ubicada en una zona alta del municipio, poblada de magueyes.

Rosi, como la llamaban, iba a preparar mole y arroz para regalar a los asistentes durante la fiesta. En lugar de eso, estaba desaparecida y sus familiares la habían reportado a la policía municipal.

Los oficiales desdeñaron la denuncia. Sugirieron que se había ido con el novio, que andaba como adolescente. En todo caso, si estuviera desaparecida, continuaron, ahí no podían levantar el acta y tendrían que acudir a Atlacomulco, donde sí hay Ministerio Público.

Se trasladaron a esa población, a unos 40 minutos de Temascalcingo. Ahí les indicaron que primero fueran a la Ciudad de México, pues ahí desapareció.

Finalmente, el domingo 4, las procuradurías de Justicia de la capital del país y del Estado de México emitieron un boletín con la imagen de Rosalina Díaz de la Cruz. Sus señas particulares: 1.48 metros de estatura, 48 kilos, labios delgados, cara ovalada, un lunar junto a la boca del lado izquierdo, dos cicatrices de operación en el abdomen.

Según videos de la central de autobuses de Observatorio, donde Rosalina abordaba un transporte de la línea Pegasso para viajar a Temascalcingo, ella nunca llegó ahí.

La intervención de la ONU

El 23 de diciembre de ese 2016 el Comité contra la Desaparición Forzada de la Organización para las Naciones Unidas (ONU) solicitó al Estado mexicano buscar a Rosalina Díaz de la Cruz. Según la información con que cuenta el organismo, “las autoridades no actuaron de inmediato. Por el contrario, informaron a los familiares que no podían denunciar, sino después de pasadas 72 horas”.

El 14 de enero de 2017 los restos de una mujer fueron encontrados en el río Lerma, a la altura de Cerritos de Cárdenas, una comunidad de Temascalcingo. Era sólo el tronco, le habían amputado los miembros y la cabeza. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

La intervención de la ONU sirvió un poco para que se tomara en serio la desaparición, afirma en entrevista Adrián Ramírez, presidente de LIMEDDH, quien envió la petición para que el comité internacional se pronunciara sobre el caso.

El 14 de enero de 2017 los restos de una mujer fueron encontrados en el río Lerma, a la altura de Cerritos de Cárdenas, una comunidad de Temascalcingo.

El afluente atraviesa hectáreas de milpas y es raro ver una casa por ahí. La ribera está oculta por árboles, cuyas ramas se alzan al aire o bajan al agua; una, apenas sumergida, detuvo lo que quedaba del cuerpo hallado. Era sólo el tronco, le habían amputado los miembros y la cabeza.

La fiscalía estatal culpa de esto a “Antonio N”. Rosalina Díaz de la Cruz fue “interceptada por el ahora detenido, quien la acosaba; este sujeto al parecer la lesionó en diversas partes del cuerpo, ocasionándole la muerte y luego para deshacerse del cuerpo, lo desmembró y lo trasladó a un río”, informó la dependencia el 13 de diciembre de 2017, cuando dio a conocer su aprehensión, poco más de un año después de la desaparición.

Los hijos de Díaz de la Cruz, que en ese momento tenían 23, 22, 18 y 16 años, no detuvieron su búsqueda, pues aún no se confirmaba que el cuerpo encontrado era el de su madre. Dejaron varias actividades, incluso la escuela, para pegar volantes en las calles y que alguien pudiera darles alguna información.

Quince días antes de la desaparición de Rosi, en 2016, ocurrió otro feminicidio en Temascalcingo, el de Nancy Cristóbal Ramos, una dentista de 39 años, que además fue violada. Por ese crimen se realizó una marcha en el centro de la población para exigir “Ni una más”. En las pancartas reprochaban: “Hoy fue Nancy, ¿mañana quién?”.

En el Estado de México se registraron 57 feminicidios en 2017, según la Secretaría de Gobernación (SEGOB). Y de 2011 a 2016 la fiscalía estatal reportó 306. Ante el problema, en 2015 la SEGOB declaró una alerta por violencia de género en 11 de los 125 municipios de la entidad. Temascalcingo no está entre ellos.

Algunos vecinos advirtieron que, después de la desaparición, “Antonio N” rondaba el barrio de Las Ánimas. Lo veían en las milpas o afuera de una tienda; se quedaba horas ahí. Un testigo, que ya rindió su declaración, señaló haber visto a Rosalina Díaz de la Cruz y Antonio en Temascales, en los días que ella no aparecía.

En el margen del río donde fueron encontrados los restos de Rosalina Díaz hay una cruz negra que mira hacia la rama en el agua que retuvo el tórax de la mujer. En ella se puede leer su fecha de nacimiento y, como no hay datos de su deceso, aparece la fecha en la que fue hallada. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

Antonio se encuentra en el Centro Penitenciario y de Reinserción Social de El Oro y en los próximos meses iniciarán sus meras audiencias. Sin embargo, falta encontrar a por lo menos un cómplice. Según los peritajes, se emplearon fuerzas diferentes en los cortes que presentaba el cuerpo, que, se presume, fueron hechos con un azadón o una pala.

En el margen del río hay una cruz negra que mira hacia esa rama en el agua, la que retuvo el tórax de Rosalina. En ella está inscrita su fecha de nacimiento: 8 de septiembre de 1976. Al desconocerse los datos del deceso, sólo escribieron la fecha del hallazgo: 14 de enero de 2017.

Periodista ambulante. Me interesa compartir las voces que tienen que ser escuchadas. La única contradicción que no hay en mí es ser huasteca y chilanga.