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Un día con Guillermo del Toro en Nueva York

Conocí a Guillermo del Toro hace unos años en Nueva York, en una lujosa suite del área de Columbus Circle. Una extraña sensación inundaba mi cuerpo a medida que subía por aquel elevador hacia el piso 45, desde donde podía observarse una vista espectacular de Central Park.

Iba yo a conocer al ya legendario director de cintas como Cronos, El laberinto del fauno, La cumbre escarlata y la ahora premiada por los Óscares, La forma del agua. Pero mi mente, por el nerviosismo y la emoción, se perdía en esos recuerdos de juventud en los que Del Toro fue para los cineastas de mi generación el primer gran samurái que rompió con los muros de poder enviciado del cine mexicano y con la llamada “barrera del nopal”. Además de conservar un corazón y estilo propios dentro de una industria hollywoodense caníbal.

Recuerdo cuando en los años noventa se estrenó Cronos y acudí sin mucha esperanza al Cine Pecime, de avenida Universidad. Uno de los motivos fue el leer en una entrevista que el debutante Guillermo del Toro había hipotecado su casa en Guadalajara para pagar la cinta.

Cronos no sólo me atrapó, sino que se convirtió en lo que mi maestro de cine Juan López Moctezuma llamaba: “Un rayo de luz que se filtra por en medio de las nubes negras”.

Para tener una idea de la hazaña de Del Toro hay que recordar que, para un estudiante de cinematografía en los años noventa, el futuro no se presentaba muy promisorio en una industria controlada por mafias de carcamanes. Filmar con la costosa película de 35 milímetros era casi un sueño guajiro y los grandes emporios de revelado, de renta de equipos análogos y ya no se diga de edición, convertían cada largometraje en un negocio gubernamental de mil aristas para lavar dinero.

Por eso, con Cronos Del Toro se convirtió de inmediato en un héroe para nuestra generación de cineastas frikis. No sólo había financiado su propia película en 35 milímetros y había hecho actuar a Ron Perlman, sino que se había lanzado a hacer terror…, y no sólo eso, terror digno, no del estilo de Pepito y Chabelo contra los monstruos.

Del Toro fue para los cineastas de mi generación el primer gran samurái que rompió con los muros de poder enviciado del cine mexicano y con la llamada “barrera del nopal.”

Por esos tiempos, su colega Alfonso Cuarón también hacía lo suyo con Sólo con tu pareja, pero la cinta tenía las suficientes chavas encueradas, las consabidas payasadas onda Mauricio Garcés de petatiux y hasta una frase fusilada del churro gringo Mira quién habla, con John Travolta: “Estoy pasando por una etapa egoísta”, como para hacer dudar que se trataba de algo trascendente u original.

En cambio Del Toro, desde un principio, sin concesiones, estaba construyendo un estilo que hasta la fecha se ve reflejado en cintas como La forma del agua, que incluso en algunas secuencias evoca visualmente a ese primer Cronos de los años noventa y no a la cinta Delicatessen, de Jean-Pierre Jeunet, director que hoy acusa de plagio de composición visual a Del Toro. ¿O será que Jeunet vio Cronos en los años noventa y fue influenciado por su estética?

En aquella suite de Columbus Circle, Guillermo me recibió con un afable: “Pásale a lo barrido, compadre”, y de inmediato el nerviosismo se evaporó. Del Toro sabe cómo hacer sentir cómodo a un invitado eliminando los rebuscamientos. “Dime Memo”, me dijo, seguido de un fino comentario, mientras señalaba por la ventana hacia los puestos de la hilera sur de Central Park: “Ni se te ocurra comerte un hot dog en esa zona, a más de uno de mi equipo le ha dado chorrillo”.

Pasamos la tarde charlando de los temas preferidos de los frikis, desde cómics, incluyendo aquellas historietas mexicanas de los años setenta, hasta la evolución de los monstruos y fantasmas en el cine, sin olvidar el gusto por la literatura.

Le sorprendió que mi madre, la periodista Ana María Longi, gran amiga en los años setenta de Gonzalo Martré, guionista del cómic Fantomas (del que Del Toro es fan y aún conserva todos los números), hubiera sido inmortalizada como uno de los personajes recurrentes de la historieta.

“Claro que me acuerdo de ella. En la edición de Editorial Novaro, Gonzalo Martré le puso Ana Longi, y era la agente de la Interpol que perseguía a Fantomas y a veces se aliaba con el inspector Gerard”, me comentó Guillermo con una sonrisa de niño y una memoria enciclopédica.

Me confesó que le gusta leer de todo: cómics, revistas, novelas, biografías, y que la mejor manera en que juzga a las personas es por los libros que tienen en sus libreros.

“Cuando voy a la casa de alguien soy muy chismoso de las bibliotecas y de los volúmenes que me encuentro a la vista. No es lo mismo encontrarte libros nefastos que buena literatura”. Foto: Agencia EL UNIVERSAL/Alejandra Leyva

“Cuando voy a la casa de alguien soy muy chismoso de las bibliotecas y de los volúmenes que me encuentro a la vista. No es lo mismo encontrarte libros nefastos que buena literatura. Lamentablemente hoy casi nadie tiene biblioteca o libreros, pareciera que fuera una vergüenza, los esconden. Antes un hombre era también sus libros. Ahora esa impronta, esa huella digital, se está perdiendo”.

Por esa costumbre de leerlo todo, Del Toro no descuida ningún frente, en especial el de los temas relacionados con México. El desarrollo de la educación artística y cinematográfica, las nuevas generaciones de cineastas, el clima político.

Como productor, estrenó en el pasado festival tapatío el documental Ayotzinapa, el paso de la tortuga, donde se incluyen los desgarradores testimonios de los familiares de los normalistas desaparecidos y se vuelve a poner el caso en la mira, a sólo unos meses de las elecciones presidenciales.

“Hay algo muy profundo en ser mexicano: no sólo es identidad, historia, tradición y orgullo, es algo inexplicable que uno carga como una impronta de por vida y que nos da fuerza para ver la vida desde otra perspectiva”, afirmó Guillermo en aquella charla de hace tres años, en la que en cierto momento miró por la ventana, hacia las calles, donde curiosamente algunos taxis exhibían en sus techos la publicidad de su película Crimson Peak.

“Los mexicanos provenimos de una cultura de fantasmas”, agregó, como hablando para sí mismo. “En México crecemos con ellos en todas las maneras posibles. Hay los fantasmas tradicionales, los que nos visitan del más allá, como a mi abuela cuando en su casa de Jalisco se le sentó el fantasma de su mamá en la cama. Pero hay otros fantasmas, esos que traen voces que provienen del pasado y nos hablan de nuestra cultura, de nuestros dolores, de todo lo que hemos aguantado y afrontado para construir lo que somos… Por eso los mexicanos estamos tocados por algo mágico y somos chingones desde la cuna”.