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Vodka Putinki, o los rusos sueñan con el Mundial

Moscú.- ¡Bah! Era demasiado bueno para ser cierto. Después de que la gran televisora educativa me fichó para ponerle contenidos a una serie sobre Rusia y luego canceló todo “porque hablar de los rusos era darle votos a ya sabes quién”, escapé a Moscú una vez más.

El verano empieza y los rusos sonríen por doquier a unos días del Mundial de futbol. Ellos sacan shorts y camisas hawaianas y se lanzan en chanclas a pasear por los parques de la ciudad. Y ellas, minivestidos y atuendos vaporosos con sus infaltables tacones. Cuando en unas semanas los calurosos 26 grados se transformen en pegajosos 35, los turistas descubrirán los extremos climáticos de la capital y del alma rusa.

Las noticias del inminente inicio de la Copa del Mundo y de la reactivación de la economía hacen soñar a muchos.  Los servicios de seguridad presumen de vez en vez los cientos de atentados que desactivaron y lo bien preparados que están “nuestros muchachos” para contener cualquier imprevisto.

Se esperan protestas de los opositores del presidente Putin, como el blogger anticorrupción Navalny y las “chicas guerrilla” Pussy Riot, pero en general el ambiente es como los breves veranos rusos: de alegría y perdición. Me sorprende que ni siquiera la probable guerra de hooligans que se anuncia sea un tema. Los rusos tienen huestes temibles en los hinchas locales y no me quiero imaginar que se suban al Metro. Hace años que debí bajarme tres veces de los vagones, nomás por precaución.

No soy la inmigrante de primera que fui cuando trabajé para RT (antes Russia Today). Ahora como una simple turista debo conseguir vivir con 800 euros (casi mil dólares) al mes, así que comer en las terrazas del Lebedoneo Ozero en el Parque Gorki, o beber “desarmadores”, “bellezas moscovitas” y “rusos negros” de cinco dólares en el Agave, están fuera de mi presupuesto. Unas Baltikas de a litro y unos shashliks en el balcón aún me animan.

“Carácter fuerte, alma suave”

Los moskvichís me recibieron generosos, sacaron el Belaya Berezka, un vodkita muy popular, las blinis, los pepinillos, los pescaditos salados, los borsches y las papas cocidas con mucha crema. Uf. Después del mes de festejos de bienvenida lo único que he conseguido es reducir mi presupuesto. Aunque Moscú sigue siendo la ciudad cara que me encontré en 2010 (con rentas que pueden superar los mil euros), la devaluación del rublo al 70 por ciento la hace aún accesible.

Las noticias del inminente inicio de la Copa del Mundo y de la reactivación de la economía hacen soñar a muchos. Foto: Denis Tyrin/AP.

Así que ahora bebo vodka Putinki, que es más barato y más fuerte (“carácter fuerte, alma suave”, lo anuncian). Tal vez se deba a mi autodestructivo reconocimiento a los logros del silovik Vladímir Vladimirovich Putin, que acaba de comenzar su cuarto mandato ante la aprobación mayoritaria de los ruskys y la protesta de algunos cuantos.

La Rusia surgida en 1991 (una federación de régimen capitalista, “democrática” y con 140 millones de habitantes) ha vuelto en tan sólo 30 años a ser el otro polo del mundo. Luego de las crisis económicas, escándalos de corrupción, espionaje y dopaje deportivo internacional y una costosa guerra con Ucrania, el rublo vale 70 por ciento menos y los rusos beben y resisten, mientras sus oligarcas se reparten la riqueza natural del país. Putinmanía, le llaman, y creo que es un conformismo que se contagia a través de los stakanchikis llenos de “agüita”.

Superstición y futurismo retro

¿Cuál es el motor de esta ciudad de 870 años y casi 15 millones de personas? Cada vez que cruzo la Plaza Roja y el horizonte es delineado por las coloridas cúpulas de cebollas de San Basilio, consagrada al santo vidente que previó el incendio que destruyó la ciudad en la Edad Media; o estoy ante la súper blindada Catedral de las Pussy Riot, terreno maldito de monjas brujas y símbolo de la alianza Iglesia-Estado en la era Putin; o dentro de alguno de los hermosos rascacielos-antena de Stalin, pienso que la superstición y la magia son las piedras fundacionales de la capital rusa. Por eso es enigmática.

Incluso cuando la leyenda urbana más popular de la ciudad y tema de innumerables teorías conspirativas fue desvelada, Moscú siguió despertando fantasías futuristas en sus habitantes. ¿Hay una línea de Metro oculta que cruza la ciudad y los principales centros del poder moscovita? Sí, la hay, y está llena de búnkeres, túneles, catacumbas e instalaciones subterráneas secretas.

En los 90, un equipo de maperos del Metro encontraron lo que todos ya intuían y no han tenido reparo en contarlo y hasta dibujarlo. Quizá por eso, Metro 2033, novela apocalíptica que transcurre en los laberintos del underground moscovita, del escritor de ciencia ficción Dmitri Glujovsky, es todo un fenómeno de ventas. Actualmente los túneles están abiertos al turismo en el verano y en algunos hasta puedes lanzar un ataque nuclear. Ñaca ñaca.

¿Cuál es el motor de esta ciudad de 870 años y casi 15 millones de personas? (AP Photo/Pavel Ogorodnikov)

Moscú ha cambiado, no tiene ni cinco años que me fui y a veces ni la reconozco. En general, el turismo ha capitalizado la nostalgia soviética y por doquier hay una fiebre reconstructiva de espacios públicos (el remont sigue siendo el deporte nacional ruso), un rescate de ideales, un futurismo retro, como el que hacen en el “Disney soviet” o el Centro Panruso de Exposiciones, allá por los rumbos de VDNX, en el noreste de la ciudad.

Muero por ver la remodelación que le hace Andrei Bollenko, el creador de la ceremonia de Sochi 2014, quien se inspiró en “el mundo del futuro fantástico y utópico” de los setentas, y le pondrá hasta teleférico y montaña “americana”. ¿Permanecerá la réplica oxidada del Vostok que llevó a Yuri Gagarin al cosmos en sus jardines? ¿Y la escultura-símbolo de la ciudad Obrero y Koljosiana, que adorna su arco de entrada, será reemplazada por una del bussines man y la top model, los nuevos estereotipos rusos?

Por mientras, es en el Parque Zariadie, construido sobre el enorme terreno del Hotel Rossiya, donde se acuñan nuevas postales de la ciudad. En el puente elevado sobre el Moscova las rusas posan tan dramáticas como siempre para las selfies, y el “urbanismo salvaje”, la nueva tendencia arquitectónica del “capitalismo salvaje”, lo envuelve todo.

Moscow City, orgullo tecnócrata

Con la misma tenacidad que Stalin ideó su feng shui de rascacielos-antena que succionan la vibra de los moscovitas, Putin ha colonizado la estratósfera. Moscow City es hoy la cara moderna de Moscú.

He prometido ir con Carmen, que está hecha toda una oligarca inmobiliaria y ha encontrado en el comprar, remodelar y vender departamentos un nuevo nicho de negocio. La filóloga estrella, cuyos manuales enseñan español a generaciones enteras de rusos, es ahora una colmilluda del real state. ¡Y en ruso! Eso sí que es de admirar, pues la burocracia aquí sigue siendo gogoliana.

El turismo ha capitalizado la nostalgia soviética y por doquier hay una fiebre reconstructiva de espacios públicos. (AP Foto/Julia Chestnova)

El Centro Internacional de Negocios, una superficie de un kilómetro cuadrado, ya cambió el paisaje capitalino. Sus torres, las más altas de Europa, de Eurasia y del mundo son el símbolo de la ostentación y el lujo. “Una ciudad dentro de una ciudad para un estilo de vida de hombres de negocio”, se anuncia. Capitalismo en su máximo esplendor.

La enroscada Evolution Tower, de 53 pisos y 255 metros de alto; la Imperia Tower, con sus 60 pisos y sus miradores de vértigo; las torres gemelas rusas o Ciudad de Capitales y  el ascensor panorámico de 72 pisos de Eurasia son los atractivos de los nuevos templos del mercado emergente y el orgullo de los jóvenes tecnócratas rusos.

Síntesis de las aspiraciones de un nuevo país, Moscow City no sólo ha cambiado el paisaje; su energía empresarial impregna la ciudad.